Ajedrez con Maestros

Ajedrez y cultura

Paolo Maurensig en “Teoria de las sombras” adscribe a la hipótesis de que Alexandre Alekhine murió por orden de Stalin

Paolo Maurensig la muerte de Alekhine

Cultura y Ajedrez

Sergio Ernesto Negri
Articulo del Maestro Fide e Historiador Sergio Ernesto Negri

Sergio Ernesto Negri. Maestro FIDE e investigador en la relación del ajedrez con la cultura y la historia. El autor fue asesor de la Dirección Nacional del por entonces denominado Instituto Nacional del Cine (actual INCAA) y miembro de la Comisión Asesora de Exhibiciones Cinematográficas. También se desempeñó en áreas vinculadas a la educación y la cultura de la provincia de Santa Fe y del Gobierno Nacional de la República Argentina. 

Paolo Maurensig-
Paolo Maurensig

En La variante Lüneberg, novela de Paolo Maurensig (nacido en 1943) publicada en 1993, se hace referencia a la muerte de un industrial en su mansión, dándose todas las especulaciones posibles: ¿fue un accidente,  suicidio u homicidio? En su mesa de trabajo se advierte un tablero de ajedrez.

Los mismos interrogantes, y la presencia del juego también como compañía, aparecen en otra situación, una de carácter real: la muerte en extrañas circunstancias del excampeón mundial de ajedrez Alexandre Alekhine, a quien el escritor italiano le dedica otro de sus trabajos, Teoría de las sombras.

La respuesta a ese misterio ha quedado abierta, quizás definitivamente. En cambio, en lo que respecta al libro, la explicación se puede hallar a partir de la reconstrucción ajedrecística de la mentada Variante Lüneburg a la que se refiere el título de aquel trabajo pionero en la obra del autor italiano.

La trama respectiva alude a dos maestros ajedrecistas, opuestos en todo quienes, animados por un odio inagotable, siendo uno judío y el otro un ex oficial nazi, disputarán un encuentro que parece imposible a lo largo del tiempo, el que se presenta a esta guisa:

“No sé decir exactamente cuándo sucedió, pero sé que un día comencé a jugar una interminable partida. Que en la otra parte del tablero estuviese mi yo o mi Dios, poco importaba. En brevísimo tiempo ocupó todos mis pensamientos, no hubo espacio para otra cosa que no fuera aquella partida. Llegó a ser mi fe, única e insustituible”.

No ahondaremos demasiado en La variante Lüneberg, ya que merece un análisis específico; valga, por ahora, la transcripción de este hermoso pasaje:

 “Y si a veces nos imaginamos al jugador con el semblante de un viejo con frente arrugada, esta imagen es sólo la representación emblemática de una actividad en la que se queman los días, los años, la existencia misma, en una única llama inextinguible. En cambio, paradójicamente, el jugador de ajedrez saborea el detenerse del tiempo en un recodo de eterno presente”.

Maurensig, nacido en el municipio de Gorizia (cerca de la frontera con Eslovenia), asume tener “una inveterada pasión por el ajedrez” y, si bien no participó en torneo alguno, se reconoce en su calidad de muy aficionado al juego.

Además redactó crónicas ajedrecísticas que aparecieron en diversos medios, entre ellos el diario milanés Corriere della Sera donde, por ejemplo, escribió una columna denominada muy sugestivamente Quel mio errore sulla superiorità degli scacchi (“Mi error sobre la superioridad del ajedrez”) en la cual, invocando al escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), vuelve a comparar dos juegos: el de ajedrez y el de damas, sin asignarle excesiva primacía a ninguno de ellos.

El autor, si bien tiene una producción más integral, se ha dedicado, como pocos, a colocar al ajedrez como punto focal en varios de sus relatos.

Por un lado tenemos La última calle, que es de 2012, basado en la figura del buen ajedrecista alemán Daniel Harrwitz (1823-1884) quien, tras vivir en muchos sitios europeos (era alemán, luego recaló en Londres, París y en el condado austriaco de Tirol), termina por morir en la ciudad italiana de Bolzano, donde transcurre la acción de este trabajo. A lo largo de su trayectoria llegó a empatar un match con Adolf Anderssen (1818-1879), nacidos ambos en la ciudad alemana de Breslau (hoy la polaca Wroclaw) y perderá otro con el norteamericano Paul Morphy (1837-1884).

Por el otro, y dando cuenta de la vinculación del argumento con una personalidad ajedrecística como queda en evidencia desde el propio título, es autor de El arcángel del ajedrez. Vida secreta de Paul Morphy, publicada en 2013, un trabajo en el que obviamente se hace referencia al genial jugador norteamericano.

En otro reciente texto, Il gioco degli dèi (El juego de los dioses), aún no traducido del italiano al español, con el que en el 2019 obtuvo el Premio Scanno, aborda la historia de Malik Mir Sultan Khan (1905-1966), un ajedrecista nacido en territorio de la India, bajo dominio imperial británico quien, en el corto tiempo en que se dedicó al pasatiempo, llegará a ser representante olímpico del conjunto de Inglaterra en tres ocasiones (en el primer tablero), campeón del país en igual cantidad de oportunidades, habiendo obtenido  triunfos ante el excampeón del mundo, el cubano José Raúl Capablanca (1888-1942); el polaco Akiba Rubinstein (1880-1961) y el checoslovaco (luego nacionalizado soviético) Salomon Flohr (1908-1983).

Por fin, en Teoría de las sombras, obra a la que le dedicaremos este estudio, Maurensig plantea como tema central la experiencia de vida del campeón mundial, el ruso luego nacionalizado francés, Alexander Alekhine (1892-1946), particularmente poniendo el acento en el tiempo previo a su misteriosa muerte la que ocurrió, estando en soledad, en el cuarto de un hotel ubicado en la hermosa localidad de Estoril, en las afueras de Lisboa, la capital portuguesa.

Imagen de Alexander Alekhine cuando fue hallado muerte en un hotel de Estoril, en la mañana del 24 de marzo de 1946, en
Imagen de Alexander Alekhine cuando fue hallado muerte en un hotel de Estoril, en la mañana del 24 de marzo de 1946, en https://fishki.net/2418154-zhiznennaja-tragedija-aleksandra-alehina.html

En otro trabajo que hemos presentado, junto a la estudiosa de los cielos Silvia Méndez, hemos trazado una biografía resumiendo la conflictiva vida del cuarto campeón mundial de la historia, en la que también se puso énfasis especialmente de su muerte la cual, al menos desde una perspectiva astrológica, no pareciera haber obedecido a un crimen sino que esa clase de análisis apunta a reforzar la tesis de muerte natural (en https://ajedrezconmaestros.com/2020/04/09/estrellas-del-ajedrez-desde-la-perspectiva-de-la-astrologia-alexandre-alekhine/)

El relato de Maurensig, y como también se ha especulado con fuerza a poco de conocerse la muerte del campeón, en cambio decanta para el lado del asesinato y, más específicamente, sostiene la teoría de que la KGB, al servicio de Iósif Stalin (1878-1953), estuvo por detrás de ese desenlace máxime que Alekhine era considerado un traidor desde la perspectiva del régimen.

Al hacerlo se traza la inquietante idea de que, con ese crimen, se pudo tratar de despejar adicionalmente el camino para el encumbramiento al título mundial de ajedrez de un jugador soviético, de forma tal de evidenciar la supremacía de su modelo político en el contexto de la Guerra Fría que se estaba por el momento apenas insinuando.

El novelista menciona un encuentro que tuvo personalmente con quien siempre se aseguró que había hallado el cadáver del campeón, el camarero que le llevó el desayuno quien, supuestamente, fue el primero en verlo y comprobar, según la teoría dominante, que el huésped estaba plácidamente en su sillón sin vida, perfectamente vestido (incluso con su abrigo puesto), acompañado sólo por un tablero de ajedrez, y con la cena servida de la noche anterior, tal como lo muestran diversas fotografías que se tomaron en esas circunstancias.

Sin embargo, este interlocutor le confesará a Maurensig (¿ese encuentro entre ellos fue real o es otra licencia ficcional del autor?) que todo fue muy distinto. Ese día, estando en su propio cuarto, que escuchó movimientos desacostumbrados y, al asomarse, vio cómo diversas personas (seguramente del servicio secreto de Portugal, ese que espiaba al ajedrecista) trasladaban un cuerpo a la habitación N° 43, que era la de un Alekhine al que se hallará inerte.

En esas condiciones, la firme sospecha es que fue asesinado en otro lugar (se habló de que fue objeto de un disparo al corazón en la calle), por lo que había que rápidamente armar la escena, para que se disfrazaran los verdaderos hechos sin generarse consecuencias políticas para el régimen del dictador António de Oliveira Salazar (1889-1970), un connotado germanófilo, oculto en una supuesta neutralidad quien, muy convenientemente, al cabo de la guerra quería rápidamente limpiar su anterior imagen por lo que pretendió ganarse la nueva amistad de los vencedores del conflicto.

De todo este relato se puede colegir, entonces, una conspiración internacional, en la que los soviéticos fueron los autores del crimen del campeón y los portugueses los encubridores.

Para más, se aporta un dato aún más inquietante: que el cuerpo de Alekhine, ese que años después será trasladado al Cimetière du Montparnasse en París, en realidad pertenece a otra persona (otro ajedrecista, para más precisiones), y que sus restos en realidad están en algún lugar de Moscú, como alguna vez insinuara el propio hijo del campeón del mundo.

Lapida de Alexander Alekhine
Imagen de la lápida en donde se depositaron los restos de Alexander Alekhine,

A lo largo del relato Maurensig también menciona la posibilidad de que los autores del criminal hecho hubieran sido referentes de la Resistencia Francesa habida cuenta de que, como siempre se expresó, aunque el gobierno de ese país desde luego no admite, se habría formado un escuadrón secreto que operó en el exterior tomando venganza de quienes habían colaborado con la ocupación nazi a los que cazaban y ejecutaban.

En esa línea de análisis se plantea que, mientras estaba en Estoril, Alekhine recibió, por debajo de la puerta de su habitación, en una evidente insinuación amenazante contra su vida que pudo partir de ese origen, copias de notas periodísticas del juicio de Núremberg y fotos que lo retrataban junto a los jerarcas nazis Hans Frank (1900-1946) y Joseph Goebbels (1897-1945), ejecutado aquel, y suicidado éste, ambos notorios responsables de crímenes de guerra.

Esos envíos enigmáticos y anónimos bien podían interpretarse en el sentido de que Alekhine, como era posible de ser visto como un notorio colaboracionista germano, podía merecer y tener igual destino. Frank, en efecto, fue muy aficionado al ajedrez; y supo tenerlo a Alekhine, junto a su esposa, en su casa de campo, disfrutando de partidas y de un clima ciertamente bucólico, en el retrato del novelista. Y aquel, como gobernante en Polonia, será responsable de la matanza de tantas personas que fueron confinadas a campos de concentración y de exterminio, conducidos a cámaras de gas o que morirían directamente al ser ejecutados. Ello le sucedió a numerosos ajedrecistas, como hemos puntualmente mencionado en un trabajo denominado Inventario del Horror (en https://ajedrezconmaestros.com/2020/03/06/el-inventario-del-horror-el-ajedrez-de-luto-en-el-transcurso-de-la-segunda-guerra-mundial/).

En el planteo de Maurensig fue precisamente Frank quien instó al campeón del mundo a documentar la tesis distinguiendo los estilos y comportamientos ajedrecísticos de los jugadores arios respecto de los judíos, ese episodio bochornoso que sería un antes y después para Alekhine quien, a partir de la publicación de esos artículos, habrá de perder definitivamente buena parte de su reputación ante sus colegas, máxime al evaluarse las peligrosas consecuencias de esa clase de distingos podían generarse en las extraviadas mentes de los jerarcas del nazismo.

Un cuestionamiento puntual que le hacen a Alekhine en el hotel en el que residía, en esos que serían sus últimos amargos días de existencia, estuvo vinculado al hecho de no haber hecho nada para salvar al jugador polaco Dawid Przepiórka (1880-1940), ni a ninguna otra persona que profesaba la fe judía en toda su vida. Un banquete, que se había presentado como un homenaje al campeón, culminó por transformarse en una suerte de juicio público contra su persona, en la que ese episodio, entre otros, apareció como brutal reproche para incomodidad del ajedrecista.

Alekhine analizando con Bogoliúbov, y en presencia del gobernador Frank y el jugador chileno - alemán Klaus Junge, entre otros, en
Alekhine analizando con Bogoliúbov, y en presencia del gobernador Frank y el jugador chileno – alemán Klaus Junge, entre otros, en
https://www.chesshistory.com/winter/pics/cn9890_frank2.jpg

Acorralado como una fiera en esas circunstancias en que era objeto de un virtual interrogatorio por varios de los circunstantes, al procurar defenderse sobre sus artículos en los que se sindicó que los jugadores judíos habían envilecido el ajedrez por “la ausencia de fuerza de concepción y la falta de valores”, Alekhine toma distancia de esos juicios diciendo que los editores modificaron sus auténticas ideas. Mas, en la ficción de Maurensig, se lo presenta diciendo:

Señores, sin duda no soy un santo. Más aún, algunos me han calificado de malnacido, y tengo bastantes cosas que reprocharme. No les ha dado mucho afecto ni a mis esposas ni a mis hijos, y quizás a lo largo de mi vida nunca he tenido tiempo de cultivar una verdadera amistad. Mis únicos amores han sido mi madre y el ajedrez”.

La tortuosa vida del campeón entrado en desgracia, es retratada por el autor italiano con esmero y el máximo respeto por la verdad histórica y, entendemos también, respecto de la compleja personalidad del ajedrecista. En este orden no se advierte ni excesivas condescendencias (todas sus aristas oscuras quedan expuestas), ni tampoco se formulan juicios morales absolutos, evitándose caer en simplificaciones que no atiendan las circunstancias de cada contexto.

Es que, ya lo sabemos, sobre todo en horas tan críticas, cada cual hace lo que puede, y pocas veces lo que debe. Alekhine, como tantos de sus contemporáneos, fue una víctima de circunstancias tan cambiantes y en muchos aspectos de hechos hostiles, teniendo como telón de fondo sendas conflagraciones mundiales y, en su particular caso, el rotundo cambio de su estilo de vida que se vio obligado a hacer tras la Revolución Rusa de 1917.

Pocos años antes, en tiempos que se presentaban más felices, cuando el futuro parecía sólo mostrarle imágenes sonrientes, el zar Nicolás II (1868-1948) le había conferido, junto a otros cuatro ajedrecistas del mundo, el título honorífico de Gran Maestro. El futuro no le será tan grato como el que seguramente soñó en ese magnífico momento.

Alekhine, en una vida poco convencional,protagonizó situaciones extremas que lo marcaron a fuego, por lo que el análisis de su trayectoria, sin ser conmiserativo, no debe caer en brutales reduccionismos. Maurensig, lo sabe perfectamente, y es por eso que en el libro alude a los siguientes episodios que fueron claves en su existencia:

  • En Mannheim, Alemania, estaba jugando en 1914 un torneo, siendo apresado al declararse la guerra entre ese país y el Imperio Ruso. A los ajedrecistas de este país se los acusa de espías, tomándose las planillas de las partidas, con sus notaciones tan características, como pruebas de supuestos mensajes secretos
  • Su familia perdió todos sus bienes cuando cae el zarismo en 1917
  • Estuvo preso bajo acusaciones de ser un agente menchevique, la fracción rival de la dominante bolchevique
  • Pudo salir de la cárcel sólo por intercesión de un León Trotzki (1879-1940) quien, tras visitarlo, como entusiasta del juego, comprobó las dotes de quien en 1920 se convirtió en el primer campeón nacional de la URSS
  • Logrará emigrar, radicándose en definitiva en Francia, habiendo de adoptar la nacionalidad gala
  • Será considerado por su patria un traidor, siendo repudiado por su propio hermano quien, paradojalmente, pese a complacer en este punto al régimen, será asesinado por orden que se cree fue oficial
  • Tendrá cuatro esposas, todas mayores de edad que él, en una evidente búsqueda de protección, que muy probablemente estuvo más ligada a lo económico que a lo emocional
  • Con sus hijos no tendrá una relación estrecha, muy por el contrario, la frialdad parental será muy marcada
  • No pudiendo escaparse a los EE. UU., tras la ocupación alemana a Francia, logrará no obstante recibir un tratamiento preferente de las fuerzas de ocupación, pidiéndosele a cambio de que juegue en algunos torneos, lo que hizo reiteradamente, convirtiéndose en un objeto de propaganda nazi
  • Se lo autorizará ir a España y Portugal (a su mujer le niegan el permiso), ambos países dirigidos por dictaduras encabezadas respectivamente por Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) y António de Oliveira Salazar (1889-970), participando de algunos torneos de poca exigencia. A este periodo personal, el escritor cubano-español Pablo Silvio Morán Santamaría (1926-1995) lo calificó el de “la agonía de un genio”
  • Escribió una serie de infames artículos en los que distinguió, desde un punto de vista del estilo ajedrecístico, a los jugadores arios de los judíos, un análisis tan impropio como peligroso
  • Su última esposa estaba gestionando el divorcio a la hora de su muerte, en tiempos en que el campeón estaba en una muy delicada situación económica
  • Su soledad era infinita, no sólo por su situación personal, sino también, al haber sido repudiado por buena parte de una comunidad ajedrecística que lo tildaba de colaboracionista
  • También en su tiempo, aunque vistas las circunstancias con implicancias mucho menores, fue reprochado por no concederle la revancha prometida al cubano José Raúl Capablanca (1888-1942), a quien le había arrebatado el título en 1927 en Buenos Aires
  • La sombra de los referentes de la que con el tiempo será denominada escuela soviética, lo acechaba, en particular Mijaíl Botvínnik (1911-1995) quien ya lo había desafiado por la corona mundial, en encuentro muy comprometedor que próximamente se disputaría en Inglaterra, la que obtendrá efectivamente tras el deceso del campeón

En su estancia definitiva en Portugal, en los lindes occidentales de Europa, el campeón hallará el fin de unos días que habían comenzado en el extremo continental opuesto. Esa recorrida longitudinal puede ser vista como una parábola de su aislamiento y ocaso: en Moscú el sol alumbró, en Estoril la estrella se ocultará definitivamente.

Para entonces, el campeón se hallaba solo, algo viejo (particularmente para los estándares de edad de la época y más si se considera la franja de apogeo y caída en el ajedrez que ya lo ponía en la fase declinante), con un cuadro de salud complejo por su alcoholismo, adicción al tabaco e hipertensión arterial, estando arruinado económicamente, con un divorcio en trámite, sin amigos, siendo desinvitado de torneos, a duras penas sobreviviendo… ¡Y era el campeón mundial de ajedrez!

Al Hotel do Parque de Estoril había llegado por consejo de un personaje enigmático, que seguramente era parte de los servicios secretos del país que lo vigilaban: la PIDE: Policia Internacional e de Defesa do Estado. Es de entender que esto fueron los que se hicieron cargo de los gastos de estadía del campeón.

Esa localidad era un centro del espionaje internacional en el que operaban nazis y británicos. Sin ir más lejos, el autor de la saga sobre James Bond, el británico Peter Fleming (1907-1971), un espía en sí mismo, se lo supo ver en otro hotel de la localidad, el Palácio, junto a Dušan Popov (1912-1981), doble agente serbio, el mismo que fue fuente de inspiración de aquel personaje. En Estoril se dividían las aguas, precisamente, entre el Hotel do Parque, que era frecuentado por los nazis, y el Hotel Palácio, al que iban  los aliados. A Alekhine, quizás nada extrañamente, se lo ubicará en el primero. 

Los servicios portugueses, además de prestar funciones al dictador local, en términos geopolíticos podían ser funcionales tanto a unos como a otros mas, tampoco habría que descartar, la presencia de espías rusos o de la Resistencia Francesa. Todos podían tener motivos para seguir a un campeón mundial con muchas cuentas pendientes, buena parte de ellas, quizás, acumuladas a su pesar.

Cuando Alekhine llega al hotel, lo halla vacío, es que se estaba fuera de temporada, por lo que sus días transcurren analizando partidas de ajedrez, en particular las tres que habían jugado con Botvínnik quien según todas las previsiones sería su próximo rival por el título.

Hasta ahora, el emblemático jugador soviético, el preferido de Stalin, se imponía al campeón por 2 a 1 ya que habían jugado en el torneo de Nottingham, Inglaterra, en agosto de 1936 (Alekhine blancas, tablas por jaque perpetuo, luego de que su rival entrega dos piezas) y en el de AVRO en Ámsterdam, Países Bajos, en noviembre de 1938 (dos encuentros: un triunfo de Botvínnik con blancas, en buen estilo posicional; y un empate con Alekhine con blancas, en el que este no pudo imponer la ventaja tras, de nuevo, recibir jaque continuo).

En ese lugar de residencia, tras ese primer momento de absoluta soledad, aparece un violinista belga y judío, de apellido Neumann, con quien habrá de compartir algunos diálogos, caminatas y también una suerte de amistad; siempre que esa clase de figura pudiera ser aplicable en el caso de un Alekhine que, tal vez, nunca hubiera tenido esa clase de vínculo en el transcurso de toda su vida.

Maurensig le hace reconocer al campeón que había aprendido a jugar al ajedrez de la mano de su madre, y recordar un hecho del todo real: que habría decidido abrazar el juego al quedar asombrado por las simultáneas bajo la modalidad de a ciegas que dio en Moscú, en el mes de diciembre de 1902, el norteamericano Harry Nelson Pillsbury (1872-1906). En el respectivo relato se dramatiza que el niño, al llegar a su casa, tras presenciar un evento que le pareció prodigioso, levanta una alta temperatura que no tuvo explicación racional desde la perspectiva de los médicos.

Por otra parte, al ser preguntado el jugador sobre una “partida perfecta” responde, no sin ambigüedad (ya que el concepto podía ser aplicado a casi cualquier aspecto de la vida):

“Resulta difícil decirlo. Siempre hay un detalle cuya presencia puede alterar todo el sistema”.

En ese clima de reflexiones, recuerdos y de confidencias, progresivamente irán apareciendo otras personas en el hotel, las que interactuarán con el campeón en tonos menos agradables respecto de lo que venía sucediendo con el músico.

Una mujer judía, que era soprano y había perdido la voz al atravesar una situación crítica al ser amenazada por el nazismo, tenía un esposo que lo indagaba a Alekhine una y otra vez, pareciendo conocer demasiado sobre sus acciones de vida. En cierto momento, lo incomoda hablándole de las perspectivas de su futuro encuentro con Botvínnik y le inquiere, más agudamente sobre su pasado, pidiéndole saber cómo había podido adaptarse al atroz régimen alemán.

Sobre el primer punto, el ahora francés cuestiona la existencia de una escuela soviética diciendo que en la URSS se desconoce la auténtica escuela rusa, la de Mijaíl Chigorin (1850-1908), Simón Alapín (1856-1923), Yevgueni Znosko-Borovski (1884-1954) y Piotr Romanovski (1892-1964), para terminar la enumeración con unos puntos suspensivos que invitan a pensar que, el nombre próximo, debió haber sido precisamente el del propio Alekhine:

Tras la Revolución de Octubre los bolcheviques  se arrogaron el derecho de defender ´su´ verdad, tanto en la vida, la economía, el mundo del arte y el pensamiento, como también en el ajedrez”.

Fortaleciendo el punto sobre el nuevo escenario planteado desde la conformación de la URSS, agrega:

“Cada victoria que obtiene uno de sus campeones no es otra cosa que el resultado de la cuidadosa preparación de centenares de burócratas del juego”.

Pero el otro tema planteado, el referido a su mentado colaboracionismo, era más candente y ríspido por lo que, a la par de declararse prescindente, enfatizando que a su juicio el ajedrez no tiene colores políticos, sobre el punto aclara:

“Para salvar la vida, a veces uno se ve obligado a aceptar ciertos tratos y a fingir que se identifica con el enemigo”.

En la novela se aportan algunos elementos poco transitados, tal vez originales, sobre la figura del campeón, como cuando se asegura que, pese a seguir la carrera de abogacía, quería ser artista de cine. Y otros muy conocidos, como que sus esposas  siempre lo superaban en edad de forma tal de que tuviera más asegurado su bienestar económico.

El primer encuentro amoroso, con la baronesa Anna von Severgin (sin data de nacimiento y muerte), quien era amiga de su madre, se lo relata de una forma algo traumática ya que, en la pluma del autor, el caballero lo vivió…  ¡como una derrota en una partida de ajedrez!

Cuando se traslada su cónyuge con la hija de ambos a Austria, el campeón permanece en Rusia y, si bien les escribirá frecuentemente, ante la falta de respuesta no se tomará ningún trabajo para recomponer esas relaciones.

La segunda, Annaliese Rüegg (1879-1934), una periodista suiza simpatizante del comunismo (juicio valorativo que revisó tras su visita a la URSS) a la que conoció en Alemania, en la calidad de intérprete del campeón, será el vínculo que le facilitó poder emigrar de una patria que le ponía límites a su libertad y que no le facilitaba el objetivo que se había planteado de competir ajedrecísticamente en el exterior para convertirse en campeón del mundo. De ese vínculo nacerá un hijo que llevará también a Alexandre como nombre.

Lo más delicioso, en esta prosecución de relatos sobre sus matrimonios, se da con el tercero de ellos, el que lo unió a Nadezhda Fabritskaia (nacida en 1884, sin fecha conocida de muerte). Resulta que el ajedrecista quería cortejar a una joven, no porque la amara, sino para obtener una posición patrimonial más sólida. La visitaba a su hogar y, cuando decide plantear sus intenciones más formales, provisto del correspondiente ramo de flores, lo hace intermediando con su madre quien, en una confusión, se cree destinataria ella misma de los propósitos del campeón. Este, en vez de reconocer el equívoco, continúa con sus planes de base, aunque ahora dirigidos a otra persona, lo que era más conveniente ya que la fortuna económica estaba en manos de la progenitora y no de su hija.

Todas estas confesiones de índole sentimental se las hizo Alekhine a una periodista que se acercó al hotel para entrevistarlo. En otro registro le dirá que fue protagonista de situaciones de peligro, como cuando ocupó un cuarto de hotel en Rusia, que antes había sido residencia de un inglés que dejó papeles comprometedores, que se los atribuyeron al jugador, por lo que fue ese fue el motivo de ser apresado, en las circunstancias conocidas que decantaron por su salvación gracias a la providencial intervención de Trotzki. También hablará de cuando el juego fue el pasaporte para, en ausencia de papeles, ingresar a Polonia junto a su gato Chess:es que,al anunciarse que era el campeón mundial, y poder demostrarlo, se le (les) permitirá el ingreso.

La entrevista con la aguda periodista lusitana dejará algunas definiciones interesantes, como la del señalamiento de que el recuerdo más imborrable de su carrera fue cuando en Buenos Aires lo llevaron en alzas, en presencia de más de diez mil personas que lo aclamaban tras haberse coronado campeón.

Preguntado sobre de qué cosas se arrepentía, aunque no las precisa (y se niega a hablar cuando puntualmente se le consulta por los malhadados artículos sobre los que antes se hizo referencia), indica que lo que más añora es su amada Rusia. Por otra parte, sobre la posibilidad de que el ajedrez pueda conducir a la locura, responderá:

“…muchos no saben que para disfrutar plenamente de la profundidad de esta maravillosa forma de arte es necesario poseer una notable cultura; dedicarse en exclusiva al ajedrez desde una edad temprana significa renunciar a un desarrollo armónico de la mente. Y por lo tanto, sí, concentrarse en un único objeto de interés puede, sin lugar a dudas, llevar a la demencia”.   

Un punto crucial de la novela se aprecia cuando los circunstantes, entre ellos Alekhine, discurren sobre el bien y el mal, teniendo como telón de fondo del análisis la experiencia del nazismo y los juicios de Núremberg. Se habla de una suerte de mística del mal y que muchos adhirieron a un régimen atroz, como si de autómatas se tratasen.  

Ahondando el punto, se discute sobre si no fueron aún peores los colaboracionistas, esos que aún tenían algún resquicio de consciencia humana, a pesar de lo cual:

“…Ellos eligieron alinearse con el mal, espoleados en su mayoría por el odio personal, la envidia, el ansia de obtener algún tipo de provecho. Además podían actuar en la sombra, en el anonimato. Por eso recae sobre ellos una culpa imperdonable”.

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De la lectura de ese pasaje se advierte, ahora con mayor claridad, las razones por las cuales Maurensig tituló a su novela Teoría de las sombras. En una línea que sigue siendo sombría se comenta, adicionalmente, que centenares de cuerpos están apareciendo en el río Sena en París, los de aquellos que fueron considerados colaboracionistas de los nazis que habrían sido ejecutados por voluntarios.

Un Alekhine que se siente aludido (tal vez amenazado), buscando distender el clima y ganar la complicidad de sus interlocutores (la que no lograría), manifestará un supuesto temor de que hubiera una lista alfabética ya que, en ese caso, al tener tres aes en su nombre completo (Aleksandr Aleksándrovich Alejin o Aliojin, Александр Александрович Алехин o Алёхин en ruso), muy probablemente la encabezaría.

Es sabido que las imágenes del cuerpo muerto del campeón mundial, y fueron tres las enviadas a la sede londinense de la agencia noticiosa Associated Press (cuando eran cuatro los negativos de las fotos), fueron tomadas por Luis Lupi (no tuvimos acceso a sus datos de nacimiento y muerte), padrastro de Francisco Lupi (fecha natal desconocida, muerto en 1954), alguna vez campeón de Portugal y amigo de Alekhine. Aquel, además de ser el emisario de esas imágenes para que rápidamente fueran conocidas por la comunidad internacional, integraba la PIDE por lo que, las sospechas de que la escena de la muerte del campeón pudiera haber sido acomodada, razonablemente se acrecientan.

Las imágenes eran perfectas desde el punto de vista visual. Se lo ve al occiso en una posición tan plácida, que bien podía corresponder a una persona dormitando. En esas condiciones, la calidad del mensaje, en vez de brindar testimonio y precisión, termina por resultar sugestiva, despertando todas las sospechas, si no específicamente del crimen (aunque algún periodista portugués de la época se animó a descorrer ese velo), al menos en cuanto a la participación del servicio secreto portugués en ese episodio.

Junto al cuerpo inerte, el que se presenta vestido con un abrigo (que podía eventualmente esconder rastros de la sangre, en el supuesto caso de que el campeón hubiera sido ejecutado por una bala), el inseparable tablero de ajedrez de Alekhine es su única compañía. La de siempre, la que también lo tiene como mudo testigo en su hora más aciaga.

La cena de la noche anterior, al momento de encontrarse el cuerpo, estaba servida y fría. Como sucede con toda acción de venganza que se toma su tiempo para aparecer.

La exactitud de la puesta escenográfica no logra ocultar algunos detalles, como el hecho de que la servilleta no estaba a la vista y que, al cotejarse los elementos de la sala, no se hallan en iguales condiciones al compararse las fotos. Además, si el campeón se ahogó, es poco razonable la placidez de su rostro y el hecho de que ningún elemento circundante pareciera estar fuera de lugar.

Por otro lado, luego se sabrá (lo admitirá el propio Francisco Lupi), el tablero de ajedrez no estaba originalmente presente sino que fue agregado para darle mayor simbolismo a las imágenes finales del campeón mundial. Evidentemente, tal como se hizo ese cambio, bien se podían haber hecho otras modificaciones que pudieran resultar del todo comprometedoras. Y Luis Lupi dirá, pero curiosamente no registrará visualmente, que Alekhine tenía incluso un trozo de comida en su mano derecha.

El parte médico indicará, en efecto, que se había atragantado con un pedazo de carne que quedó alojado en su laringe, lo que le generó una asfixia que le produjo el deceso. También se hablará, siempre desde una perspectiva clínica, que lo que falló fue el corazón. El respectivo obituario fue suscripto por el Dr. Asdrubal d’Aguiar (1883-1961), en un documento en el que se indica que la muerte fue por: “Asfixia por obstrução dos vasos aéreos superiores produzido por pedaço de carne”. 

Antonio Ferreira (nacido en 1906), otro médico local, y buen aficionado al ajedrez, participó de la autopsia. De hecho se conoce una carta que le dirigió al hijo del campeón, datada en el mes de septiembre de 1967, confirmando ese diagnóstico.

Imagen de la carta de Antonio Ferreira suscripta en el Hotel Hafnia, Copenhague, el 8 de septiembre de 1967, dirigida a Alexandre Alekhine (hijo),
Imagen de la carta de Antonio Ferreira suscripta en el Hotel Hafnia, Copenhague,
el 8 de septiembre de 1967, dirigida a Alexandre Alekhine (hijo), en: http://en.chessbase.com/portals/4/files/news/2006/alekhine02.jpg

En la precisa investigación que hace sobre el tema el GM canadiense Kevin Spraggett (nacido en 1954) se evidencia que el mentado Ferreira era…veterinario!??? Otro punto muy oscuro en este extraño caso máxime que, asimismo, ese profesional también era integrante de la poderosa e inquietante PIDE. Este habría admitido, ante algunos de sus amigos, aunque no está reflejado en documentación alguna, haber sido objeto de presiones por el gobierno lusitano (al que en rigor de algún modo él pertenecía), para que los intervinientes del proceso de autopsia se expidieran en el sentido de una muerte natural cuando, la realidad de los hechos, indicaba que el cuerpo presentaba un impacto de proyectil de arma de fuego, y que había sido hallado sin vida fuera del hotel, siendo posteriormente conducido al cuarto del hotel en donde al día siguiente se lo hallaría.

Alekhine era objeto de escrutinio permanente por parte de los servicios secretos portugueses, que lo vigilaban, en algunos casos con integrantes que, muy apropiadamente, tenían la doble condición de ajedrecistas, para facilitar los vínculos. En esas condiciones, sus enemigos de fondo, esos que pudieron haber perpetrado el crimen (en caso de haber sucedido), habrán de tener la implícita colaboración de los agentes locales que, al presentar las cosas como si de una mera asfixia se tratara, lo que quería era, a toda costa, evitar el escándalo internacional que podría suscitarse al no haber sabido preservar la vida del campeón mundial de ajedrez, que era un huésped del país.

Con todo, para quienes con derecho pueden seguir sosteniendo la teoría oficial, la de la causa de muerte natural, hay que reconocer que el estado de salud del campeón mundial no era el mejor. Había sufrido de cirrosis y, como es bien sabido, era un empedernido afecto a la bebida, adicto al tabaco y además registraba una presión arterial demasiado elevada.

La autopsia, con mayor precisión, indicó que tenía arteriosclerosis, gastritis crónica y duodenitis. Pero, y ese es otro punto vidrioso de la intervención médica, nada dice de su evidente alcoholismo y de sus consecuencias en un organismo deteriorado por sus efectos.

En su estado de absoluta soledad, con el aislamiento y repudio (con mínimas excepciones) del  medio ajedrecístico del que formaba parte, en presencia de un proceso de divorcio en curso, siendo objeto de las miradas que le reprochaban sus vínculos nazis, las restricciones materiales que no le eran habituales (en esos día le pidió prestado dinero a un conocido para poder pagar el tabaco que consumía), estando alejado de la Francia que había elegido para vivir, y de la Rusia que siempre añoraba, es lógico pensar, aún en ausencia de diagnósticos de su salud mental que fueran precisos, que estaba incurso en una depresión y, tal vez, al borde de la desesperación existencial. Por eso, y también al haberse asegurado (aunque no hay elementos de juicio al respecto) que había perdido dinero en el casino, se ha sugerido la posibilidad de un improbable suicidio.

Su presente era oscuro y su horizonte tampoco era demasiado halagüeño. Es que, si bien había una propuesta que lo conectaba con el futuro, ya que se estaba gestando la realización de un match por el título mundial contra el soviético Mijaíl Botvínnik (el que habría de disputarse, aunque no estaba aún confirmado, en Nottingham), volviéndolo a poner en el centro del escenario y dotándolo de los tan necesarios recursos financieros, las perspectivas deportivas no eran con todo las mejores.

Su joven rival estaba en pleno ascenso mientras que el campeón no estaba bien entrenado ya que venía de jugar torneos menores en España, por lo que su curva deportiva tenía un sesgo declinante. Para peor, el historial de enfrentamientos personales mostraba que prevalecía el soviético, a quien no había podido vencer en los encuentros hasta ahora disputados.

El día después de morir, en el hotel de Portugal se habrá de recibir un telegrama enviado desde Londres por la Federación Británica de Ajedrez proponiéndole al campeón ese desafío ecuménico. Esta circunstancia suele ser indicada como un elemento que pudo haber apresurado, al grupo criminal, tomar la decisión de matarlo ya que, un Alekhine que estaba muy controlado en Portugal, podía tener mayores grados de libertad en el caso de viajar a Inglaterra.

La pregunta central, bajo este supuesto, es quiénes pudieron haber sido los victimarios.  Enemigos desde luego que no le faltaban al campeón mundial: por un lado, se lo veía un traidor de la causa soviética y, por el otro, su alineamiento con el nazismo lo dejó muy mal parado con el pueblo judío y en especial con quienes habían encabezado la Resistencia Francesa.

Maurensig se alinea claramente con la primera de esas hipótesis, dando un elemento de juicio adicional: los soviéticos querían ver a Botvínnik en lo más alto y, si bien confiaban en que iba a vencer a Alekhine, temían que este pudiera renunciar al título. Asimismo, algunos dirigentes soviéticos llegaron a plantear que su representante debía negarse a enfrentar a un traidor del país, en cuyo caso se iba a impedir que uno de los suyos, al menos por el momento, lograra el título de campeón mundial.

Pero vayamos a ese supuesto del renunciamiento. En la novela se hace eco de una extraña especulación (temor) que habría expresado el propio Botvínnik a las autoridades de su país en cuanto a la posibilidad de que, si el título quedaba vacante por renuncia del campeón, o incluso por quitárselo la FIDE si persistía en su actitud de no exponerlo, la corona volvería a la cabeza del anterior titular del mundo, el holandés Max Euwe (1901-1981).

Por ende, en el muy factible caso de que este la expusiera ante el norteamericano (de origen polaco) Samuel Reshevsky (1911-1992), otra de las figuras emergentes de la época, si este vencía, en vez de ir a mano de los soviéticos, el cetro viajaría a los EE. UU., lo que había que evitar a toda costa en el contexto de un conflicto ideológico que aún se presentaba en ciernes.

Como balance general, podríamos decir que la novela transita en sendas cuerdas: la de la exploración psicológica de Alekhine, en tanto personaje, y la del relato de hechos históricos de los que fue protagonista, tomando como punto de referencia un análisis retrospectivo que podría haber tenido presente el ajedrecista en vísperas de una muerte no anunciada y en estado de absoluta introspección y soledad.

Y, más allá de elecciones argumentales explicativas, que hubieran podido ir en un sentido o en otro, y ya sabemos que en el caso de Maurensig posa su mirada en el régimen encabezado por Stalin como autor de un probable crimen contra el campeón mundial de ajedrez, hay que celebrar que el autor italiano nos proponga, nuevamente, una excelente novela que tiene como telón de fondo el ajedrez que tanto lo apasiona.

Ahora es nada menos que Alexandre Alekhine el protagonista, el único campeón mundial absoluto que conservó la corona hasta el día de su muerte, una figura que resulta tan interesante como controvertida. Una personalidad a la que hay que llegar en toda su profundidad, en el contexto de una compleja psicología y a quien hay que reconocerle que le cupo asumir decisiones de vida delicadas en el contexto de las circunstancias históricas extremas que lo acompañaron en muchos momentos de su desdichada existencia.

En ese sentido, es probablemente mejor tratar de conocer al gran ajedrecista desde la lectura de una amena ficción (basada no obstante en datos verídicos de la cruda realidad) que desde una investigación formal sustentada exclusivamente en el análisis histórico.

Es que la ficción, y en ello Maurensig tiene una pluma privilegiada, permite suavizar el abordaje, evitando que caigamos en visiones meramente dilemáticas, esas que tan bien quedan representados en los escaques blancos y negros del juego en el que siempre brilló el excampeón del mundo.

Un ajedrez que, desde que se lo enseñaron de niño, hasta el mismísimo momento de su muerte misteriosa, ocurrida en un cuarto de hotel donde se hallaba en la más absoluta y absurda de las soledades, por siempre lo habría de acompañar.

Fuentes bibliográficas:

Alekhine’s Death. A New Perspective (Part 1 & 2), por Kevin Spragget, 23 de marzo de 2010, en  http://www.spraggettonchess.com/part-1-alekhines-death/ y http://www.spraggettonchess.com/part-2-alekhines-death/.Alekhine’s Death, por Edward Winter, en actualización al año 2003, en :https://www.chesshistory.com/winter/extra/alekhine3.html.

Alekhine’s death – an unresolved mystery?, por Frederic Friedel, en el sitio ChessBase, 25 de marzo de 2006, en: https://en.chessbase.com/post/alekhine-s-death-an-unresolved-mystery-?ref=RF32-OET9DCF5AK&gclid=CjwKCAjw3- bzBRBhEiwAgnnLCmIr6RdfREJOPOGvFoBMELYrjGLz9D6RH_uXDNav_VuVcwJdFOD90hoCWoIQAvD_BwE

Su traducción al español, por Fernando Fernández, obra en https://es.chessbase.com/post/la-muerte-de-alekhine-misterio-sin-resolver-.Hans Frank and Chess, por Edward Winter, en: https://www.chesshistory.com/winter/extra/frank.html.

La variante Lüneburg, de Paolo Maurensig, Tusquets, Barcelona, 1995.

Teoría de las sombras, de Paolo Maurensig, Gatopardo Ediciones, Barcelona, 2017.

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