Ajedrez con Maestros

Ajedrez y cultura

Arreola, el escritor mexicano que le dedicó mas tiempo al ajedrez que a la literatura

Juan José Arreola Zuñiga
Juan José Arreola Zuñiga
Juan José Arreola Zuñiga
Sergio Ernesto Negri
Articulo del Maestro Fide e Historiador Sergio Ernesto Negri

El mexicano Juan José Arreola Zúñiga (1918-2001), personalidad  autodidacta que no llegaría a completar sus estudios primarios, tras ganarse la vida como vendedor ambulante, periodista, actor, maestro, panadero, burócrata y tantos otros oficios, devendrá en reconocido escritor, uno de los más importantes de su país.

Además, será un apasionado del ajedrez, al extremo de que, además de practicarlo, fundará instituciones que lo cobijaran, será presidente de la federación nacional, apoyará su inclusión en las escuelas  y llegará a construir piezas y una mesa de su propio cuño.

Como literato, brilló más bien en cuentos. Aunque también fue autor de varios ensayos y de La feria, su única novela. Entre su producción se destaca: Confabulario; Bestiario; Palindroma; Varia invención; La hora de todos;  Lara imaginario; La manipulación del espíritu; Miguel de Montaigne; entre otros trabajos.

Fundó un club de ajedrez en el Distrito Federal, al que bautizó con el nombre de FilidorAl ser designado ulteriormente director de la Casa del Lago en el Bosque de Chapultepec, que empieza a funcionar en septiembre de 1959 en un predio perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, monta allí un centro de poesía y esparcimiento. En sus cuartos y jardines se podrá entonces jugar al ajedrez en una casa que se convertiría en un centro de arte, donde se podrán leer poesías y se harán importantes torneos de ajedrez.  Arte puro. En ambas facetas. En este mismo espacio se verificará en 1962 una sesión de simultáneas brindada por dos grandes jugadores soviéticos: Tigrán Petrosián y Paul Keres.

Vista de la casa del Lago en los bosques de Chapultepec
Vista de la casa del Lago en los bosques de Chapultepec

Arreola también contribuyó a la generación de un Programa Nacional de la Promoción del Ajedrez Escolar y, lo dicho, fue Presidente de la Federación Mexicana de Ajedrez, encabezando un proceso de reunificación con la Federación Provincial de Ajedrez, que derivó en la ulterior creación de la Federación Nacional de Ajedrez de México (FENAMAC).

Con todo, el ajedrez arribó a su vida tardíamente. Al respecto amargamente confesará: El ajedrez me ha significado un dolor muy grande original: el dolor de que mi padre, un hombre ejemplar que realizó con mi madre uno de los pocos matrimonios verdaderamente increíbles que yo he visto en mi vida, no me haya enseñado a jugar al ajedrez. Él lo jugaba, y por no sé qué misterio inconcebible jamás nos enseñó a mi hermano y a míYo sería un hombre feliz y no tendría ningún problema literario, ni moral, ni amoroso, si hubiera llegado a ser un gran ajedrecista. Y no lo pude ser porque aprendí a jugar muy tarde, a los veintidós años”.

Paradójicamente, de niño usaba un ajedrez confeccionado por su progenitor…para jugar a los soldaditos. Se ve en esos precoces tiempos que su pasión por el juego, que no era ejercida por falta de estímulo parental, se podía ir generando sin siquiera presuponerlo.

El escritor reconocerá que: “…no le ha dedicado a la literatura ni la milésima parte del tiempo que le ha dedicado al ajedrez”. Es que lo practicó todos los días desde el mismo momento en que lo aprendió.

Ese hecho iniciático se dio en 1941, estando en el municipio de Zapotlán, donde hizo lecturas de  poemas. Será un amigo de su padre, y a su vez progenitor de una muchacha que le gustaba, Luis Preciado, quien se lo enseñó. Con lo que las respectivas visitas nocturnas a esa casa se habrán de concentrar más en las partidas (ganadas siempre por el más adulto) que en el cortejo amoroso.

Pero de pronto pasó algo mágico. Un terremoto. Uno dentro y fuera del tablero. Tras registrarse uno de los clásicos sismos que afectan al país, el alumno comenzó a vencer al tutor. El noviazgo no prosperará, aunque no necesariamente por esa inversión ocurrida en los resultados ajedrecísticos.

Arreola desde esos momentos descubrió el misterio del ajedrez y comenzó a alimentar su pasión por el juego. Uniendo sus dos campos favoritos, la poesía y el ajedrez, expresó que son imposibles para el hombre ya que están más allá de su alcance. Acepta, con todo, que cayó en la ilusión de la literatura, pero no se dejó llevar nunca en la ilusión del ajedrez.

Al respecto dirá: “…agarré de pronto la idea de que el ajedrez es el único juego que vale la pena jugar porque nos sobrepasa, como las piezas de Shakespeare, las novelas de Dostoievski o los más grandes poetas de la humanidad que han hecho algo que se acerca a lo imposible, pero todos se quedan en el umbral”.

En cuanto a la posibilidad de hallarse un límite, reparará en la experiencia del hombre vs. la máquina, apuntando modestamente: “Me di cuenta de que el ajedrez es imposible para el hombre, está más allá de su alcance. Las posibilidades de movimientos que se pueden hacer son verdaderas monstruosidades. Eso da la idea de lo que muestran ahorita las computadoras. Que ya una de ellas haya podido ganar a Kasparov, no quiere decir más que una cosa. Kasparov, además de que es un empresario y fabricante de aparatos, ha formado parte de equipos de programación. Entonces volvemos a lo mismo. La máquina le da a Ud. todo lo que Ud. le ha puesto. El hombre descarta cantidades inmensas de posibilidades, pero pierde tiempo, lo que se debe en realidad a que está tratando de calcular todas las posibilidades. En cambio la máquina hace eso en un segundo, millones de jugadas calcula por segundo. Kasparov, como ser humano, comete una falla, a pesar de ser un jugador notabilísimo”.

Con el tiempo, y la práctica continua, mejorará el nivel de su juego. Acuñó un apotegma: “Si no quieres perder, nunca trates de ganar; si quieres ganar, resígnate a perder”. Postula la necesidad de armonía y, curiosamente, considera que su estado de perfección se verifica en la situación de jaque perpetuo o en aquel punto de la partida en que ya no se puede hacer nada por parte de ninguno de los dos, en ese instante en que ninguno puede agredir al otro.

Al decir esto, toma para sí la idea de equilibrio del Tao y también las enseñanzas de la religión occidental. A su entender: “En el mundo cristiano católico nuestra vida debe ser tablas. Debamos hacer tablas con Dios, debemos hacer tablas con el prójimo, debemos hacer tablas al final de nuestra vida”.

Diversamente, en el hecho de ganar advierte la presencia de un pensamiento algo nietzcheano o, extremando el razonamiento, incluso de cierta índole nazi, el de prevalecer, el de triunfar en la vida, el de vencer a cómo tenga lugar en la partida. Dice sobre el punto: “Pero es irremediable y ahí se ve que el hombre quiere ser esa criatura que desea ganar, que quiere verificar su persona a costa de la persona ajena”. Inversamente, en la derrota admite sentir: “que el mundo deja de ser estable (…) Hay un desconcierto y ese desconcierto se origina en que el eje de la personalidad ha sido conmovido, ha sido alterado”.

Del clima general en su país tiene algo para lamentar: que en México se tenga predilección por los no jugadores de ajedrez. Constata que se prefiere a quienes practican juegos de azar y no los de responsabilidad.

En cierto momento afirmará: “El ajedrez nace al pie de la torre de Babel –símbolo de la desmesura, de la megalomanía, del delirio de grandeza humanos- como una especie de proposición: ¿quieres embarcarte en la aventura espacial más grande que tu razón pueda concebir?; ¿quieres agotar todos los recursos de tu imaginación?: yo te voy a proponer la trampa mental: el gambito de las 64 casillas. En un espacio limitado de ocho casillas por ocho, que pueden ser de un centímetro o de un metro, el hombre encuentra y captura el infinito.

Con ecos borgianos, formula un sueño (que compartimos): el de construir una antología universal del ajedrez en la literatura y la historia.

Siendo tan importante el ajedrez en su vida, Arreola no se privará de incluirlo como era del todo lógico en su obra escrita.

Lo hará en algunos de sus cuentos, como por ejemplo en Tres días y un cenicero. Se observa a un personaje que se lo invita a ir de cacería, que en principio se niega, aduciendo una enfermedad. En ese marco sus interlocutores le expresarán: “Ahora no juegas ajedrez, te llevamos al aguaje de Cofradía…”, y terminaron por convencerlo.

En Bestiario, presenta figuras de una particular fauna. En Las focas se hará la siguiente pregunta: “¿Pero qué decir de las hermanas amaestradas, de las focas de circo que sostienen una esfera de cristal en la punta de la nariz, que dan saltos de caballo sobre el tablero de ajedrez, o que soplan por una hilera de flautas los primeros compases de La Pasión según San Mateo?”.

Se trata de un trabajo que el autor dictó en una semana en 1959. José Emilio Pacheco, que intervino en el proceso, dirá sobre el punto: “El Bestiario se incorporó a la obra de Juan José Arreola. En mi feliz ignorancia no pensé en la historia literaria ni en los archivos. Destruí los originales a medida que los iba pasando a la máquina, mientras Arreola jugaba ajedrez para compensarse del esfuerzo. Tampoco se me ocurrió rescatar de la imprenta las hojas que contenían sus modificaciones manuscritas”.

El autor, por lo visto, estaba más ensimismado en distraerse con el juego que en la preservación de la memoria escrita de un libro que terminará por ser emblemático en su carrera literaria.

Bestiario Juan José Arreola Zuñiga

Sin dudas que su trabajo literario más interesante, en lo que a ajedrez se refiere, es su breve cuento El rey negro que, como su título lo sugiere, es del todo específico. Podría asegurarse que en él se recurre al juego para simbolizar el fracaso amoroso de su protagonista. Estamos en presencia de uno de los argumentos recurrentes en la obra de Arreola: el de la imposibilidad del amor.

Cuenta con un epígrafe en idioma francés correspondiente a unas líneas de un verso del duque y poeta Charles D´Orléans (1394-1465), en el que parece aludirse a la posibilidad de que se juega al ajedrez como se lo hace frente al amor (“J´ay aux eschés joué devant Amours”).

El cuento de Arreola comienza así: Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas. Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental…”.

Sigue de este modo: “Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja… Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después… Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo”.

Ese “rey negro”, que bien puede ser el alter ego del autor, que en esa partida estaba en clara desventaja, aspira a unas milagrosas tablas. Es que era inminente la derrota en el tablero. Como nos hallamos ante la idea del paralelismo entre el juego y el amor, podríamos también argüir que nos hallamos entre el juego y el fracaso, entre el juego y el destino.

Los ajedrecistas, y así lo recuerda Arreola en el cuento, bien saben que si transcurren cincuenta jugadas sin movimiento de peón o captura de alguna de pieza, la partida será declarada empatada aunque la posición técnicamente sea ganadora para uno de los jugadores. Era la única esperanza de ese solitario rey negro.

Se estaba en presencia de una posición en la que se debe dar mate de alfil y caballo (sin otras piezas en el tablero), que es el más dificultoso de concretar de entre todos los finales de partida posibles. Exige técnica, precisión, conocimientos previos (que no siempre se tienen o se recuerdan).

Una técnica reconocida, para resolver esta situación, es la que se denomina Triángulo de Deletang. Por lo que el narrador asocia esa figura con su persona asegurando: “Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama…”.

Al ubicar el escenario de ese peón en tal extrema casilla, el autor, muy simbólicamente por supuesto, sugiere que se estaba a punto de coronar por lo que, al ser capturado, todo decanta hacia un fatal desenlace, al no conseguirse la meta ansiada que, en esas circunstancias, estaba muy próxima. Momento en el que el rey quedará sólo, sin que el peón corone, sin posibilidad de ser acompañado por dama alguna.

La cuestión prosigue de esta manera: “Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para qué seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor? Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil. Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de amor”.

Juan Jose Arreola Zuñiga
Imagen que representa el triángulo de Deletrang para dar mate de alfil y caballo

Como estamos en presencia de una palabra de amor, y no de una más convencional palabra de honor, la decisión puede admitirse que sea  más voluble.

En evidencia de ello, de inmediato se comprometerá a dedicar los días que le queden de vida al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres pero, en este caso, muy sintomáticamente, muy obsesivamente podría decirse, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.

Juego y poesía siempre presentes en Arreola, prestigioso autor mexicano que, como llegó a confesar, en su elección vital, le habrá de dedicar más tiempo al ajedrez que a la literatura. En ambos rubros, bien lo sabemos o al menos lo intuimos, deberá haber hallado metáforas profundas acerca del sentido y los avatares de  la existencia.

Sergio Ernesto Negri. Maestro FIDE e investigador en la relación del ajedrez con la cultura y la historia. El autor fue asesor de la Dirección Nacional del por entonces denominado Instituto Nacional del Cine (actual INCAA) y miembro de la Comisión Asesora de Exhibiciones Cinematográficas. También se desempeñó en áreas  vinculadas a la educación y la cultura de la provincia de Santa Fe y del Gobierno Nacional de la República Argentina. 

Algunas fuentes consultadas:

Arreola: Lección de ajedrez, en Revista de Revistas, 1972, tomada de La inocencia de este mundo de Vicente Leñero (http://paisanodemexico.galeon.com/art21.htm).

Entrevista con Juan José Arreola de Javier Vargas, para Ajedrez de México,  octubre de 1997 (http://aacevedo.galeon.com/JVargas/jv-38a.html).

Poesía y juego – Juan José Arreola y la Casa del Lago, por Homero Aridjis, en Revista de la Universidad de México (http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/2406/pdfs/27-28.pdf).

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