Ajedrez con Maestros

Historia

Sobre los orígenes del ajedrez (parte 4)

La ruta de la seda

Por Sergio Ernesto Negri

Origen egipcio del ajedrez: una hipótesis inconsistente

Un probable origen egipcio del ajedrez en principio se basa en relatos clásicos correspondientes a la Grecia antigua que tuvieron mucha influencia en la

94 Respecto de la obra literaria con connotación ajedrecística del extraordinario poeta rosarino, se puede consultar un trabajo de mi autoría: Alberto Laiseca, el “erudito en cosas raras” que nos conduce desde su poética al milenario ajedrez chino, en http://ajedrez12.com/2017/02/10/alberto-laiseca-el-erudito-en-cosasraras-que-nos-conduce-desde-su-poetica-al-milenario-ajedrez-chino/.

Edad Media, y aún más allá, donde se sostiene el mito de que su creación se debe al dios Tot, el de la sabiduría, una deidad que tenía autoridad sobre los otros dioses del panteón correspondiente a aquella civilización.

Desde esa civilización ancestral es que lo heredaron los griegos, aunque es preciso aclarar que el juego de mesa por entonces más popular de éstos, en rigor era el petteia, el que difícilmente puede ser considerado una forma de proto-ajedrez. Aunque, y ya lo veremos más adelante, conforme alguna mirada, se lo podría ubicar, junto a otros juegos, como una posible contribución para la creación de una práctica distinta y superadora que sí cabría que sea considerada como un antecedente relativamente directo del ajedrez. Platón en Fedro, obra escrita en el año 370 antes de Cristo, en el contexto de una de sus conocidas invocaciones a Sócrates, asegura en efecto que el ajedrez (el petteia) provenía de la cultura vecina, ubicando ese ingreso en los siglos V a IV antes de Cristo.

El pasaje en cuestión dice específicamente: “Me contaron que cerca de Naucratís, en Egipto, hubo un Dios, uno de los más antiguos del país, el mismo á que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman Ibis. Este Dios se llamaba Teut. Se dice que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del ajedrez95 y de los dados, y, en fin, la escritura”. Los máximos esfuerzos en tiempos modernos para sostener la tesis de un origen egipcio del ajedrez, los hizo en el siglo XIX el investigador español (catalán) Josep Brunet i Bellet. 96 A la vez de advertir ciertas debilidades de la explicación indiana (de alguna manera se propuso quebrar el paradigma predominante), procuró construir una alternativa explicativa, poniendo el foco de atención en la cultura egipcia. En ese contexto, llegó a suponer que no sólo el juego tenía ese origen, sino que la vía de difusión ulterior era bien otra que la que convencionalmente se establecía.

95 Por supuesto, hay que considerar las diversas traducciones. En algunas de ellas se dice ajedrez cuando en otras se menciona al juego de damas. En cualquier caso Sócrates, en el respectivo diálogo, habla concretamente del petteia: en lengua original se dice “petteías te kai kybeías”. En http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0174%3Atext%3DPhaedrus% 3Apage%3D274 y http://www.filosofia.org/cla/pla/img/azf02257.pdf.

96 Un buen perfil de su figura se traza en Josep Brunet i Bellet (1818-1905), un personaje polifacético… y enamorado del ajedrez, en http://clubescacssantandreu.blogspot.com.ar/2014/04/josep-brunet-i-bellet1818-1905-un_24.html

Para ese autor pasó de Egipto a Grecia y Roma, y sólo después a India y Persia (en tiempos de Alejandro Magno).

En ese tránsito explicativo se apoyó fundamentalmente, además de en algunas referencias literarias como la aludida de Platón, en algunas imágenes pictóricas y el hallazgo de estatuillas en excavaciones realizadas en los dominios de la cultura egipcia que tenían gran antigüedad las que fueron adscriptas, luego se comprobaría que impropiamente, a alguna clase de proto-ajedrez.

Imagen de una edición antigua del trabajo de Brunet i Bellet
Imagen de una edición antigua del trabajo de Brunet i Bellet

Al cabo del tiempo se pudo dilucidar que la construcción de esta línea argumentativa fue algo forzada quedando claro que, más allá de las intenciones, al menos se verificó en el caso una confusión de juegos. Es que, cuando los antiguos filósofos griegos hablaban del asunto, sus miradas recaían en el petteia, un juego de mesa que en sí mismo está lejos de poder ser considerado una clase de ajedrez. Lo propio podría decirse del ludus latrunculorum romano al que en tiempos muy tempranos se refiriera el célebre poeta Ovidio.97

97 Cuando Ovidio (43 a. C.-17 d. C.) se refiere a las actividades que podían hacer las mujeres hermosas, alude a un juego que desde luego es el ludus latrunculorum y no el ajedrez, a pesar de traducciones como la siguiente: “Jugará con destreza los combates de ajedrez: un peón contra dos enemigos sucumbe; el rey, mate, continúa batiéndose sin la reina y, celoso, se ve a menudo obligado a volver sobre sus pasos (…)

En concordante sentido, las imágenes halladas en murales y piezas arqueológicas corresponden al senet (zn.t n.t ḥˁb en egipcio antiguo), un juego muy ancestral de esa cultura, uno de los primeros que diera la humanidad que, por sus características (morfología, sistema de reglas y su propia concepción), no puede en forma alguna ser vinculado en forma más o menos directa al ajedrez. Sólo se podría establecer una asociación entre ellos en el marco de una cadena evolutiva de muchos eslabones en la que el senet ocupara un espacio inicial mientras que en esa secuencia el ajedrez debería aparecer en un segmento bastante ulterior.

Brunet i Bellet se basó en algunas imágenes icónicas que corresponden al senet, probablemente las más antiguas que se disponen a la hora de mostrar evidencias de pasatiempos ancestrales. En este sentido, cuando el catalán trazó su teoría, era conocido un hallazgo en la tumba de Tebas, que corresponde al Faraón Ramsés III (gobernó en el siglo XII antes de Cristo) y otra aún anterior, correspondiente a la tumba de la Reina Nefertari (vivió en el siglo XIV antes de Cristo). También se disponía de un paño mortuorio, cosido en piel de gacela, que habría pertenecido a la reina Isi-em-Kheb (en tiempos de Salomón, es decir circa del año 1000 antes de Cristo), en el que se ve un juego de mesa en el que se aprecian diversas piezas con forma precisamente de gacela, y también de ganso y escarabajo.

La imagen sobre Nefertari es convincente en el sentido de que la persona a la que se le consagra la tumba está jugando un juego con estatuillas, una de las primeras expresiones de ese tipo (previamente eran conocidas figuras de juego más sencillas con fichas o piezas en forma de círculo), que responden al senet, el que se sabe tenía una connotación escatológica ya que se lo practicaba, como se evidencia en ese caso, en el momento en que se producía el tránsito desde el mundo terrenal al de la trascendencia. Esa partida, entonces, vincula a su protagonista con el destino definitivo, con el más allá.

Practica mil juegos; es vergonzoso que una mujer no sepa jugar; a favor del juego frecuentemente nace el amor…”. Fuente: la citada en la bibliografía y la obrante en http://www.biblioteca.org.ar/libros/130592.pdf. En el idioma latín original, la mención de Ovidio es al latronum proelia lude, es decir “el juego de la batalla de los ladrones” o nuestro ludus latrunculorum. La frase clave del pasaje sigue siendo: “Ludere: ludendo saepe paratur amor”, o sea: “Jugar: jugando siempre trae el amor”. Fuente: http://www.thelatinlibrary.com/ovid/ovid.artis3.shtml

Imagen de una pintura en la tumba de la reina egipcia Nefertari
Imagen de una pintura en la tumba de la reina egipcia Nefertari

En igual sentido, se sabe que otro faraón, Tutankamon (siglo XIV antes de Cristo), dispuso de cuatro juegos de senet en su pirámide (mausoleo) para jugar durante la eternidad y que un siglo más tarde un artesano (señal de que el juego no quedaba solamente circunscripto a la clase gobernante), de nombre Sennedyem, aparece en inscripciones de su tumba jugándolo junto a su esposa.

En todo caso, el senet estaba asociado a prácticas de adivinación a guisa de sortilegio, ya que representa el Juicio de Osiris (el dios egipcio de la muerte), la victoria del difunto y su entrada en la Duat, el inframundo en el que debían deambular las almas de los muertos, sorteando maleficios y siendo sometidas a pruebas entre las que evidentemente se hallaba la necesidad de jugar al senet. El juego de hecho es mencionado en el Libro de los Muertos, texto funerario milenario que se remonta al siglo XVI antes de Cristo.

En su capítulo XVII se presenta a una persona fallecida practicando un juego de mesa (en algunas traducciones se dice 52 incorrectamente que es el de damas), mientras cree seguir siendo un alma viviente en presencia de Osiris.98 A propósito, senet significa “pasaje” o “tránsito”, una clara señal de una senda desde este espacio terrenal al definitivo. Con todo, según algunos estudios no sería este juego el primigenio con iguales connotaciones, sino que podría tener estrecha relación con otro anterior, el mehen (“el Dios de los juegos de mesa”), 99 una modalidad también egipcia, del que el senet habría recibido en herencia el mensaje metafísico vinculado al mundo del más allá. A posteriori del momento en que apareció la obra de Brunet i Bellet, se darán otros descubrimientos que asimismo son bastante antiguos, aunque siempre corresponden a un juego que no puede ser considerado un proto-ajedrez.

Por caso, en una de las paredes de la tumba de Hesy, faraón de la Tercera Dinastía (c. 2650 a. C.), se advierte una pintura mostrando piezas en forma de estatuillas. Y también parecería que remiten al senet unos jeroglíficos de la tumba de Merknera (años 3.300 a 2.700 a. C.) que semejan al tablero así como los que surgen en unos fragmentos de tablas correspondientes a la Primera Dinastía (c. 3.100 a. C.). Hay que decirlo de una vez por todas.

Si bien el senet podría bajo cierta perspectiva ser considerado un antecedente de todos los juegos de mesa ulteriores,100 entre ellos desde luego el ajedrez, resulta del todo forzado establecer un vínculo estrecho entre ellos: las diferencias son bastante más importantes que las similitudes. Por caso, si bien ambos juegos son para dos jugadores, el senet se disputa sobre un tablero de treinta escaques dispuestos en tres filas (bien diverso del clásico de 64 casillas que caracteriza a todos los proto-ajedrez que se conocen); la cantidad de piezas, aunque no hay absoluta claridad al respecto, podía ser de entre diez y veinte (y no dieciséis como en el otro caso); su movilidad, al menos

98 En http://www.holybooks.com/wp-content/uploads/Egyptian-Book-of-the-Dead.pdf.

99 Así lo expresa Benedikt Rothöhleren en Mehen, God of the Boardgames, en un artículo publicado en Board games studies 2, 1999, en http://ex.ludicum.org/publicacoes/bgsj/2.pdf.

100 Es posible trazar una hipotética línea de transmisión intergeneracional e interespacial de juegos que comienza en el senet y que continúa con el Juego Real (Sagrado) de Ur, un entretenimiento babilónico que es de mediados del segundo milenio a. C. en el que cada jugador dispone de siete piezas (idéntica cantidad de los dioses sumerios y la de los pisos de la torre del templo dedicado al soberano Marduk, que se supone es la de Babel). Al Juego Sagrado de Ur se lo ha considerado (Schädler) antecesor del ajedrez de cuatro jugadores y con el uso de dados. Fuente: On the Rules for the Royal Game of Ur, Irving Finkel, en https://www.academia.edu/15173145/On_the_Rules_for_the_Royal_Game_of_Ur.

en sus versiones primitivas, es similar (y no diferenciada como en el ajedrez), 101 y el objetivo principal se limita a sacar las propias del tablero antes de que lo haga el adversario (en vez de atrapar o dar jaque mate a la principal pieza rival). Es entonces un juego de carrera y no uno de estrategia102 como evidentemente siempre ha sido el ajedrez, incluso en sus versiones ancestrales.

Imagen de un juego de senet correspondiente al faraón Amenhotep III (siglo XIV a.C.)
Imagen de un juego de senet correspondiente al faraón Amenhotep III (siglo XIV a.C.)

Hay que reconocer que el senet tuvo algunas características esenciales que luego se verán reiteradamente en los diversos proto-ajedrez conocidos: se jugaba sobre un tablero escaqueado; se empleaban fichas en forma de estatuillas; su práctica tenía una implicancia cosmogónica. Sin embargo, es necesario descartar de plano su relación directa con el ajedrez tanto por su falta de correlación intrínseca,103 como apuntamos, cuanto por la desconexión geográfica y temporal con toda eventual secuencia de difusión del juego, si se considera el momento del ingreso del proto-ajedrez a Bagdad. También es inconsistente con los tiempos en los que se podrían haber verificado los primeros rastros de cualquier teoría sobre el origen del ajedrez de las que hay evidentes pruebas documentales, como se estudió en cada caso.

101 Sin embargo se cree que en versiones evolucionadas del juego ello pudo haber cambiado ya que se observó la presencia de piezas en forma de pájaros que tenían distintas formas y, por ende, podrían tener distinto movimiento y valores. Si fuera así, esa distinción en jerarquías entre distintas piezas sería la primera vez que habría sucedido en la historia de los juegos algo que será una condición sine qua non en las diversas versiones de proto-ajedrez que aparecerán en tiempos venideros.

102 En este punto se puede seguir la taxonomía presentada por otro catalán, el erudito contemporáneo Gaspar Pujol Nicolau, para quien el senet es un juego del tipo de sendero (las fichas se desplazan en una dirección unidimensional), en todo caso más emparentado al ludo o al backgammon, y no de la clase de juegos de espacio (podría decirse de estrategia) a los que deben adscribirse todas las posibles variantes de ajedrez.

103 Por sus características sería en todo caso más apropiado correlacionarlo con la tabula romana y el backgammon.

Es que la civilización egipcia estaba más íntimamente relacionada con las Grecia y Roma antiguas, que con Persia y la India.

Es que el salto cronológico que se verifica desde el momento al que se adscriben las imágenes del senet respecto de los tiempos en que existen registros de algún proto-ajedrez en las mencionadas India y Persia, o en el mundo árabe y eventualmente la más distante China, es gigantesco.

En esas condiciones, ninguna secuencia de difusión que tuviera como punto de partida a Egipto resulta plausible. Por lo que, además de su interconexión con el juego babilónico del que podría ser relativamente contemporáneo (se especula incluso que podrían haber aparecido en forma independiente), en todo caso el senet bien pudo haber influido en la aparición del petteia griego y del ludus latrunculorum romano.

Al reconocerse ésto, el debate del vínculo del ajedrez con el senet se podría llegado el caso reabrir por un simple y exclusivo motivo: como ya sugiriéramos, y se desarrollará más tarde, existen teorías que sostienen que el juego de mesa griego fue un insumo para que surgiera luego un proto-ajedrez en el curso de la ruta de la seda. En ese contexto, ya no directamente como equivocadamente sostuviera Brunet i Bellet, más ahora indirectamente, sí se podría contemplar la posibilidad de influencia del antiquísimo senet en los posteriores juegos de mesa que derivaron en nuestro ajedrez. Ante estas evidencias, los esfuerzos de Brunet i Bellet, siendo valorables en su interpelación a la teoría imperante (la indiana), están lejos de haber servido para cimentar un paradigma alternativo. De hecho, ningún investigador posterior habrá de seguir una huella que, en algún momento, por poco tiempo, tuvo cierta andadura. Una teoría que, en definitiva, terminó por ser insuficiente e incorrecta en su fuerza explicativa.

Origen del ajedrez en mitos, leyendas y el mundo ficcional

Hasta ahora se ha hecho una recorrida por las teorías más habituales sobre el origen del ajedrez. Podría concluirse por el momento que sólo subsisten incólumes las fuentes indiana y china, quedando descartadas, en cambio, las que tienen como eje a Persia y Egipto. Avancemos en este capítulo con otras hipótesis que también resultan posibles, más allá de 55 que no necesariamente se adscriben a circunstancias apoyadas en datos historiográficos.

Los investigadores franceses Jaques Dextreit y Norbert Engel aportan una taxonomía a la que pueden adscribirse las diversas explicaciones sobre el origen del ajedrez. A su juicio pueden corresponder a la siguiente casuística: 1) la muerte del padre (el ajedrez resulta en ese caso un remedio terapéutico); 2) la preparación para la guerra (por las enseñanzas que se derivan del juego); 3) la sustitución de la guerra (su modelización lo que, en cierto sentido, contribuye a canalizar las pulsiones agresivas); 4) la posibilidad de distracción (como puro entretenimiento social); 5) la idea de combate intelectual (contribuyendo entonces a la formación mental); 6) la alegoría como lección moral (al apelar al campo axiológico brinda un marco de referencias de conductas y comportamientos deseados); 7) el mito de la Madre Dolorosa (mujer sufriente que ve en el juego una posibilidad de consuelo ante pérdidas irreparables).

Ya hemos visto que, si bien el origen del ajedrez en India y China tenía subyacentes elementos correspondientes a los campos cosmogónicos y religiosos, básicamente fue concebido como imagen de una situación más terrenal, una de naturaleza bélica. En cambio, en el contexto de los mitos, las leyendas y los aportes que corresponden al mundo ficcional, el juego se nutrió con relatos de otros registros, que lo enriquecieron poderosamente, más allá de su veracidad o verosimilitud, ya que lo vincularon con acontecimientos culturales relevantes correspondientes a diversas geografías y tiempos, demostrando que el ajedrez siempre estuvo presente en la consideración de los pueblos.

Existen en este sentido hipótesis del todo variadas. Si Platón, como vimos, llegó a sostener que fue el inventor del juego el dios egipcio Thot, complementariamente especuló que pudo haberlo sido el sabio Salomón, el hijo del rey David, en la cultura hebrea. En esta misma dirección, el historiador alemán Egbert Meissenburg plantea como fuente posible a los elamitas, de los que descienden los semitas. El británico James Cristie104 en 1801 adujo que pudieron haber sido los escitas pese a (¿o justamente gracias a?) ser un pueblo nómade. En la Antigua Grecia se lo adjudicó

104 Fuente: An Enquiry into the ancient Greek game supposed to have been invented by Palamedes, en https://books.google.com.ar/books?id=jftdAAAACAAJ&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summar y_r&cad=0#v=onepage&q&f=false.

también a Palamedes (el inventor del alfabeto y de los dados), hecho primigenio que habría sucedido en la isla de Creta en el transcurso del sitio de Troya (siglo XIII antes de Cristo); asimismo se lo sindicó como su creador al héroe aqueo Diomedes en el marco de la mitología griega. De esos territorios, se sostuvo que fue su inventor Alejandro Magno e, incluso, el filósofo Aristóteles. Se lo puso en cabeza de Hermes, el heraldo de los dioses quien, entre otras cualidades, era el patrón de los atletas (y que, en otra coincidencia que tiene al ajedrez como telón de fondo, se correlacionaba con el dios egipcio Thot). Y un monje de Winchester, Alexander (Alexandri) Neckam, a quien se le atribuye la primera referencia escrita en suelo de Inglaterra, un texto de 1180 denominado De scaccis escrito en latín, imagina, además de una variante del juego en el que los peones ocupaban la primera hilera mientras que las piezas mayores lo hacían en la siguiente, que fue Ulises el inventor del ajedrez

Por todas estas tesis, que siendo tan diversas confluyen en un mismo espacio geográfico, se ha llegado a esgrimir la posibilidad de un supuesto origen del ajedrez en la bella Hélade. Sobre ese punto, es evidente que las referencias corresponden al juego de mesa por excelencia de la Grecia antigua, que era el petteia, el mismo que se cree Alejandro Magno debió haber llevado al Oriente en su excursión que lo llevó hasta la India en el siglo III antes de Cristo. Adelantemos que, por su simpleza, si bien pudo haber sido un aporte civilizatorio para la creación de un nuevo pasatiempo, de ningún modo debería ser considerado un prototipo previo del ajedrez.

Cuando se habla del petteia, a veces no sólo a un juego sino también a un tablero en el que se jugaban distintas prácticas, como la llamada poleis (pollux para los romanos). Fragmentos de ellos y algunas piezas se hallaron en excavaciones de Troya. Si bien no se conocen con exactitud las reglas del petteia, se cree que se utilizaban piedras blancas y negras (eran éstas las que comenzaban) sobre un tablero de 8×8. El objetivo era capturar o inmovilizar las piezas contrarias, que eran de dieciséis por bando, no habiendo una que tuviera un mayor valor. Se movían ortogonalmente y eran capturadas al ser rodeadas por piedras rivales, ubicadas en ambos sentidos en directa continuidad. El algo más complejo juego romano ludus latrunculorum, además de los peones presentaba a una figura de Dux o líder, resulta no obstante su heredero. Muchos escritos antiguos se refieren a ambos juegos, de Platón a Oviedo. Cuando se hicieron en la Edad Media traducciones de las lenguas originales a las 57 romances, se tradujo tanto petteia cuanto ludus latrunculorum por ajedrez (dada su por entonces creciente difusión y reputación). Esto generó equívocos al reforzarse la idea del vínculo del ajedrez moderno con un improbable antecedente grecorromano.

Al petteia, por sus características, se lo suele correlacionar con el modelo político griego. De piezas sin diversidad se deriva el ideal de ausencia de jerarquías en la sociedad ateniense (con las mujeres que en ese esquema igualitario no contaban). La necesidad de captura actuando en conjunto se infiere la posibilidad de construir una democracia en la que todos contribuyan a un fin común. Nótese en este sentido que Aristóteles, en su magna obra Política, al asegurar que el hombre nació para vivir en una ciudad, compara a quien no tiene familia, leyes y hogar con: “una pieza aislada del juego de…”; y la frase, según las diferentes traducciones, puede completarse con “damas”, “backgammon” o incluso “ajedrez” cuando, sabido es, la referencia original aludía al petteia (en el griego original el autor menciona “pettoi”). En cualquier caso, en el juego griego, cada elemento tiene sentido en su relación con los restantes. Y lo peor que le podía suceder a un individuo era quedar enajenado del conjunto. Así en la vida, así en el propio juego; uno que refleja perfectamente a la sociedad en la que se lo practicaba.

En la Edad Media, variadas especulaciones se hicieron sobre esta materia: el influyente monje lombardo Jacobo de Cessolis, por ejemplo, concibió que fue inventor del juego el filósofo caldeo Xerxes, asegurando que lo hizo en el siglo VI antes de Cristo, en el contexto de intentar calmar con él al feroz rey babilonio Evil-Marduk. Siguiendo ese rastro filológico, como alternativa se suele dar también al homónimo rey persa, Jerjes, quien gobernó en esos mismos tiempos. La muy culta princesa bizantina Ana Comneno, por su parte, se lo atribuyó a los asirios105 (¿a la reina Zenobia de Palmira quien rigió en el siglo III de la era cristiana?). Por su parte el gran poeta inglés Geoffrey Chaucer pone en el escenario inicial a Attalus III, quien fue rey de Pérgamo en el siglo II antes de Cristo.

105 Comneno contó una historia sobre el asesinato del Emperador que se daría en el momento en que: “…ocasionalmente jugaba al ajedrez con uno de sus parientes (este juego fue inventado por los lujosos asirios, y traído de allí a nosotros); así que estos hombres, con las armas conspiradoras en sus manos, pretendían pasar a través de la habitación real y llegar al emperador en su anhelo de asesinato… “. Una versión en idioma inglés de su libro se puede apreciar en http://www.yorku.ca/inpar/alexiad_dawes.pdfhttp://www.yorku.ca/inpar/alexiad_dawes.pdf.

De esa misma proviene un manuscrito árabe titulado Nuzhat al-arbab al- ‘aqulfi’sh-shatranj al-manqul (Delicias de la inteligencia en la descripción del ajedrez) de Abu Zakariya Yahya ben Ibrahim al-Hakim, en donde se aportan otras hipótesis sobre eventuales creadores del juego: Sem o Jafet, hijos de Noé, en su Arca; el rey Lud de Lydia (hijo de Sem), y aún Adán (el pasatiempo le serviría de consuelo ante la muerte de Abel). Una variación, siempre remontándonos a tradiciones bíblicas y coránicas, es que hubiera surgido en tiempos del profeta Idris (Enoch, hijo de Caín, para los cristianos), a quien se supone le fue asimismo revelada por vez primera la ciencia de los números. En una línea similar el rabino Abraham ibn Ezra en el siglo XII lo atribuyó a Moisés.

Murray, el historiador ajedrecístico por excelencia, a la vez que lista buena parte de las hipótesis disponibles, hace mención de una leyenda del ajedrez birmano en la que se expresa que fue inventado por una reina de ese país. De tiempos muy anteriores, se ha dicho que el lugar de nacimiento del juego fue la isla de Sri Lanka, adscribiéndolo al mito que retrata el enfrentamiento entre el dios Rama y Rāvana del que ya hablamos al inicio de este trabajo; uno de los primeros en decirlo fue su compatriota, el capitán Hiram Cox.

Otro investigador británico, en este caso contemporáneo, Ken Whyld106 afirma, con razonable criterio, que como las fronteras del subcontinente indio siempre han sido bastante móviles, los territorios habitualmente considerados como aquellos en los que se dio la aparición del chaturanga podrían corresponder a las regiones de Juzestán (en la actual Irán) o de Baluchistán (en Pakistán). En ese sentido, en el marco de la teoría que se basa en un sincretismo cultural, ya esbozada y de la que se hablará puntualmente en el próximo capítulo, cuando se consideran los lugares de la ruta de la seda donde pudieron haber confluido los juegos dando paso al primer proto-ajedrez, es interesante consignar que ellos geográficamente están ubicados en territorios de esos otros países o, incluso, a Uzbekistán o Afganistán, todos muy próximos a los dominios de los reyes indios de otrora.

En la línea de paternidad persa, Fabricius indicó que el inventor del juego, al que le dio su nombre, fue el astrónomo persa Schatrenschar, el mismo que podía

106 Información de este autor puede ser hallada en http://www.kwabc.org/.

contar las estrellas una a una. 107 Harry Bird, el jugador y estudioso británico, recoge esta idea, aunque sostiene también la de que pudieron haberlo sido los sarracenos confundiendo el rol de difusor con el de creador; en su exhaustividad dará otras posibilidades: la de los hermanos Lido y Tirreno en el reino de Lidia (el que duró hasta el siglo VI antes de Cristo); la de que los escitas se lo legaron a Palamedes, el ingenioso héroe de la mitología griega, el mismo al que se dice que lo inventó durante el sitio de Troya, y plantea el caso de Semíramis (Sammuramat) quien, según el mito, fue reina de Asiria en el siglo XXII antes de Cristo, a la que se le debe la fundación o, al menos, la gloria y el embellecimiento de Babilonia.

Muchas de estas hipótesis, aunque en su formulación se las suele apoyar en hechos históricos que pueden ser ubicados en tiempo y espacio dados, por sus características esenciales, evidentemente están alejadas de toda veracidad, por lo que no son reales y sólo terminan por abrevar en el campo de lo mítico o legendario. Algunas podrían incluso ser consideradas poco lógicas ya que no se las intenta anclar en episodios que tengan algún grado de verosimilitud, como sucede con las teorías que suponen una procedencia celta o amerindia.

Un origen celta está asociado fundamentalmente a la existencia de tableros y sets de piezas que fueron legados por el rey Cathair (Cahir) Mor “El Grande” cuando muere en el año 153 de la era cristiana; pero, en rigor, corresponden a un juego denominado fidchell (gwyddbwyll). 108 Bird, quien contempla esta posibilidad, profundiza su entusiasmo y plantea la posible paternidad de los araucanos, seguramente confundiendo en este caso al ajedrez con el taptana, un juego muy sencillo que practicaban los indios americanos.

Hay espacio hasta incluso para lo estrambótico: algunos autores llegaron a exponer que fueron inventores del ajedrez los atlantes o civilizaciones del espacio exterior. Siguiendo la tradición ocultista de Hermes Trismegisto, al que se lo identifica con el dios egipcio Thot, se llegó a trazar una línea esotérica que vincula al juego con la masonería (los pisos de sus sedes adoptan dibujos ajedrezados que representan, en lo blanco y negro, la conexión que existe entre el reino espiritual y el mundo físico109) y con el continente perdido de la Atlántida; de hecho el teósofo español Roso de Luna, en el libro De gentes del otro mundo,

107 Fuente: Atlantic Monthly, Vol. 5, No. 32, June, 1860, en: http://www.dominiopublico.gov.br/download/texto/gu009486.pdf. 108 Con todo, en el mundo celta y germánico antiguo se conoce la existencia de un conjunto de pasatiempos de tablero muy tempranos, son de comienzos del siglo V después de Cristo, que llevan el nombre de “juegos de Tafl” que podrían, en un rastro que convendría profundizar, estar emparentados con el chaturanga en su modalidad para cuatro personas.

imagina que el ajedrez es un invento de los atlantes. Aún más curioso resulta la afirmación del poeta mexicano Eduardo Elizalde quien, en De Buda a Fischer y Spassky, llega a plantear la hipótesis que coloca su origen en el espacio exterior. En sus palabras: “Otros dioses más altos, dioses no terrenales, dioses de otras galaxias y sistemas enseñaron a las divinidades chinas, hindúes y occidentales a jugar al ajedrez”.

La más clásica de las historias sobre el origen del ajedrez, una que sigue teniendo en la actualidad mucha popularidad, no puede dejar de considerarse un relato de ficción. Se alude al que le atribuye su concepción a un sabio, que puede ser el indio Sissa, el persa Bozorgmehr o el árabe Bourzin, conforme la paternidad reivindicada por cada cultura. En ese contexto se dice que se lo sometió a la consideración del respectivo soberano quien, muy contento por la novedad, le promete a su autor la recompensa que desee. Este pedirá “nada más” que un grano de cereal (trigo o arroz, según las distintas versiones) por el primer escaque, dos por el segundo, cuatro por el tercero y así sucesivamente, hasta completar la cuadrícula de sesenta y cuatro casillas. Los matemáticos del reino habrán de comprobar que ese “modesto” pedido no podía ser complacido, dada su magnitud. Ahí hay varios finales posibles, con sus respectivas moralejas, que van desde la mención de que el rey ordena la ejecución del creador del ajedrez, al sentirse burlado; hasta la renuncia de la recompensa por parte del sabio quien manifiesta que su único propósito consistía en servir a su señor por lo que, en prueba de reconocimiento, será ungido como el principal consejero real.

El escritor argentino Abelardo Castillo, apasionado por el juego, enuncia muchos de los casos posibles del origen del ajedrez: indio; egipcio; chino; etrusco; asirio o caldeo; troyano; persa… Menciona la alocada teoría de una fuente extraterrestre y también los mitos de la madre dolorosa y de Lanka, así como la concepción que se le atribuyera a la diosa Caissa. Culmina su relato asociando el descubrimiento (para los europeos) de América y el ajedrez, al reproducir la leyenda que sitúa a Isabel la Católica indicándole la forma de ganar una partida de ajedrez a su consorte, el rey Fernando para, de esa manera, obtener un especial reconocimiento que le brindará la oportunidad de plantear el plan de viaje de Colón rumbo a las Indias que, en ese contexto, será aprobado.

109 Sobre la conexión del ajedrez con la Masonería, es posible consultar la obra de Fanthorpe et al. citada en la bibliografía.

Primero bajo el nombre de Scacchis, la diosa Caissa aparece como una creación del italiano Marco Girolamo Vida quien la incluye en Scacchia Ludus, poema publicado en 1527.110 El filólogo, escritor e historiador inglés William Jones retoma en 1763 el tema, en otra poesía, también escrita en latín, a la que específicamente denomina Caissa. Allí esa diosa, o musa del ajedrez, es apreciada siendo cortejada por el dios griego de la guerra Ares (Marte en la mitología romana) quien, al ser rechazado, busca la ayuda del dios del deporte Hermes (Mercurio), el que creará el ajedrez para que sea ofrecido por el galán como regalo a fin de que la dama pueda ser convenientemente seducida.

El trabajo de Jones comienza así: “De ejércitos en escaqueados campos de batalla,/Y la guerra sin culpas, agradablemente se halla;/Cuando dos reyes audaces confrontan con vanas alarmas,/Éste con armas de marfil, ese con ébano en sus armas;/Cantan, criadas juguetonas,/Que el sagrado cerro de Pindo rondan…”, 111 donde una de las mentadas “criadas juguetonas” era precisamente la hermosa Caissa. Más adelante se indica que el dios del deporte diseña un tablero con casillas de oro y plata y que sobre él concibe un juego en honor de la preciada ninfa, al que bautiza como “Cassa”. Marte regresa con ese hallazgo al bosque, se lo presenta a su amada quien, a partir de ese momento, ve a su cortejante con mejores ojos; de hecho postula que “era menos odioso que antes”.

A continuación se desarrolla la inevitable partida. Sobre casi su final, el jaque mate aparece, en versos de rima perfecta en su versión en inglés, como puede verse en el siguiente pasaje: “No place remains: he sees the certain fate,/And yields his throne to ruin, and Checkmate” (“Ningún lugar le queda: puede ver su destino determinado,/Cede su trono a la ruina, y Jaque Mate”). Caissa, entonces, cae irremediablemente rendida a los brazos de su pretendiente. El ajedrez lo había hecho posible.

110 La poesía de Vida, en latín y en inglés, puede ser consultada en http://www.edochess.ca/batgirl/Ludus.html.

111 Traducción propia basada en la versión del poema en su original en inglés, a la que se puede acceder en http://www.chessdryad.com/caissa/caissa.htm

Imagen de Caissa del pintor italiano Domenico Maria Fratto (1669–1763)
Imagen de Caissa del pintor italiano Domenico Maria Fratto (1669–1763)

Basados en este trabajo, se generarán posteriormente varios relatos que le asignan a la ninfa el carácter de deidad que asumiría definitivamente. El que más comúnmente se conoce, expone que se trataba de una joven y atractiva diosa que hacía predicciones. Preocupada por cómo serían las guerras del futuro, decidió crear un juego, un contexto menos cruel, en el que, para ganar, fuesen necesarios la inteligencia y el valor. Tras hacerlo, resolvió esconderlo, a fin de que no pudiera ser eventualmente destruido y, como no sabía cuál sería un buen lugar para ocultarlo, decidió elegir uno cualquiera de la Tierra. Lo lanzó al aire, yendo a caer en la India, desde donde más tarde se propagaría a todo el mundo. Como siempre, las fuentes inglesas, de donde procede esa historia, en este caso desde el terreno de la mitología, fortalecen la tesis del origen indiano del ajedrez. Terminemos este capítulo recordando al escritor austriaco Stefan Zweig a quien le debemos la extraordinaria Novela de Ajedrez. 112 Este prolífico autor, tras asegurar que estamos en presencia del “único juego que pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas”, se formula un sugerente interrogante: “¿nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu?”.

112 Sobre la extensa obra literaria de este autor, analizada desde una perspectiva ajedrecística, se puede consultar un trabajo de mi autoría: Stefan Zweig, una vida de novela, una novela de ajedrez, en http://ajedrez12.com/2016/11/28/stefan-zweig-una-vida-de-novela-una-novela-de-ajedrez/.

Otro hombre de letras, el argentino Ernesto Sabato, “el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió”, en una muy interesante distinción que habla de la profundidad perenne del juego. 113 Sea una invención, sea un descubrimiento, siempre habrá un punto de partida. Hubo un momento en el que el ajedrez se inventó, por acción de una persona o deidad, conforme las diversas hipótesis repasadas en el presente capítulo, cuyos rastros pueden ser seguidos a partir de la revisión de los mitos, leyendas y relatos de ficción que, correspondientes a diversas culturas y circunstancias, en diversos tiempos se formularon. Y si Sabato en definitiva tuviera razón, en el sentido de que habría que admitir que su hallazgo es producto de un descubrimiento del hombre, también en ese supuesto existió un entorno temporal y espacial concreto en el cual, algunos de nuestros congéneres, tuvieron el privilegio de haberse visto asombrados, por vez primera, ante la magnitud de la belleza de un juego que les era ofrecido, el que resultó tan sutil como poderosamente metafórico.

Origen del ajedrez por sincretismo cultural: una moderna y convincente perspectiva

Hasta ahora se han analizado, sino todos los supuestos (siempre se podrá caer en omisiones frente a su vastedad), al menos gran parte de los que se han esbozado sobre la invención del ajedrez, en todos los cuales se coloca el acto primigenio en cabeza de una única entidad, sea persona o deidad. Es notable que, en ninguno de ellos, se proponga la existencia de un esfuerzo compartido de diversos seres, por lo que no se verifican aportes plurales y menos aún la participación de expresiones correspondientes a diferentes culturas o civilizaciones. El criterio de unicidad, que es el que ha prevalecido a lo largo del tiempo, fue muy expresivamente argumentado por William Jones para quien el ajedrez, por su “hermosa simplicidad y extrema perfección”, sólo pudo haber sido

113 Cuando Sabato, tomando al ajedrez como punto de referencia, distingue las acciones de invención y de descubrimiento, asegura: “Podría decirse que cuando fue inventado el ajedrez, quedaron dadas, potencialmente, todas las partidas: a través de los siglos, los jugadores descubrirían las partidas preexistentes, como en una selva. Pero dando un paso más atrás, se podría decir que el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió. Considerando el Universo como dado, todas las creaciones e invenciones del hombre serían como partidas en este Gran Ajedrez, descubrimientos en una Gran Selva. Pero dando otro paso más atrás, podría decirse que quizá el Universo no ha sido creado sino descubierto en una Selva de Universos Posibles, selva difícil, oscura, sublime, en que sólo un Dios puede aventurarse”.

inventado “por un esfuerzo individual de algún gran genio”: 114 en ese orden sostuvo que, a partir de una versión más rudimentaria del juego, la creada por un único ente, se dio posteriormente un proceso de cambios sucesivos hasta la aparición de una expresión, la actual, que resultó más sofisticada. En sentido contrario, su compatriota Hiram Cox expresó que primero se dio la complejidad y sólo después la simplificación; de ello infirió que, en el marco de ese proceso gradual que se verificó en forma ulterior, el ajedrez es el resultado de un fenómeno cooperativo.

En sintonía con esta última postura, que durante buena parte de la historia quedó olvidada, en tiempos recientes se ha comenzado a sostener la teoría de que el ajedrez es un producto civilizatorio de fuentes diversas y complementarias. Es que se cree que procede de la contribución previa de una pluralidad de juegos que decantaron en un único y nuevo protoajedrez, el cual sirvió de base en el mundo oriental a otras modalidades o versiones de un juego que, tras sus sucesivas mutaciones, en particular las que experimentó en la Edad Media en la Europa occidental, derivó en el formato conocido, el mismo con el que llegó hasta nuestros días.

El intervalo temporal en que esa mágica síntesis pudo haber ocurrido se lo puede ubicar entre el siglo II a. C. y el III d. C. y el entorno espacial, por su parte, se entiende que con alta probabilidad debería corresponder a algún impreciso punto asiático de la ruta de la seda que iba de China a Persia y Arabia, y más allá, y que pasaba por, entre otras naciones, la India, constituyendo una vía de encuentro dinámico de culturas caracterizada por la riqueza de su extrema interconectividad.

Las prácticas aludidas, que habrían efectuado su respectivo aporte para la consecución de una diferente y evolucionada que resultó del todo idiosincrásica, habrían sido el petteia, el ashtāpada y el liubo, correspondientes respectivamente a las culturas griega, india y china. De su simbiosis habrá de surgir un único proto-ajedrez que, para los que defienden la precedencia indiana, no es otro que el chaturanga (o eventualmente el chaturaji115), y para los que se adscriben a la

114 En https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=coo.31924029681115;view=1up;seq=9.

115 No hay acuerdo acerca de la secuencia que se dio en cuanto a la orden de precedencia de estos juegos indios. Para Cox primero estuvo el chaturaji, mientras que para Jones ese lugar lo ocupó el chaturanga. Desde Murray en adelante se ha impuesto esta última teoría. Forbes especuló incluso que el chaturaji, más que un juego, podría ser sólo una posición del chaturanga, en su modalidad para cuatro personas, que se verifica cuando uno de los participantes captura dos de los tres reyes rivales. En Teoría de los Juegos se suele discutir, sin respuesta conclusiva, qué secuencia debería ser más probable: si se evoluciona por simplificación o en cambio si se va en la búsqueda de una mayor complejidad. En el primer caso el chaturaji debería ser previo; en el contrario lo sería el chaturanga. Un análisis de esta clase se ha hecho sobre el orden en que aparecieron el ajedrez convencional y el de Tamerlán (o gran ajedrez). En la búsqueda de la correcta explicación, no habría que olvidarse de la existencia de un ajedrez a cuatro manos, auxiliado en dos dados, con las piezas conocidas (carro, caballo, elefante, rey y los peones) sobre un tablero de 64 escaques no coloreados, que es mencionado por el sabio árabe al-Bīrūnī en Ta’rikh al-Hind (Crónicas de la India), obra clásica datada en el año 1030 que puede ser consultada en http://www.columbia.edu/cu/lweb/digital/collections/cul/texts/ldpd_5949073_001/ldpd_5949073_001.pdf

116 El Imperio Kushán se basó étnicamente en una tribu que provenía de China la que, en una prueba del sincretismo reinante, tomó para sí el legado cultural helenístico e incorporó asimismo conceptos del shivaísmo de la India.

paternidad sinológica es el xiang-qi. Aunque, desde luego, tampoco habría que descartar que el chaturanga y el xiang-qi, en vez de ser mutuamente considerados uno el antecedente del otro, hubieran aparecido en forma independiente con cierto grado de sincronía.

Al tratar de determinarse el punto geográfico donde se produjo este poderoso encuentro, se lo concibe ubicado en una zona amplia al noroeste de la actual India donde se asentaron, sucesivamente, el reino de Bactria (Bactriana) y el Imperio Kushán (Kuṣāṇ), 116 ambos caracterizados por una gran apertura cultural, que resultan contemporáneos respecto del entorno temporal en que el proto-ajedrez habría surgido. Se trata de un espacio que abarcó, además de parte de la India, amplios territorios, con eje en el valle del río Indo, que corresponden hoy a Afganistán, Uzbekistán y Tayikistán, que estuvieron bajo influencia griega (legado de Alejandro Magno) y con puentes comerciales establecidos con los chinos, en el contexto de la ruta de la seda que comenzó a operar desde aproximadamente el siglo I antes de Cristo.

En este contexto, es del todo concebible que surgiera en un territorio de semejante grado de apertura cultural un proto-ajedrez con aportes procedentes de diversas fuentes, en este análisis de los pueblos indios, chinos y griegos, hipótesis que puede ser fortalecida dado que los principales hallazgos arqueológicos de las más antiguas piezas del juego pertenecen a este mismo espacio territorial, por lo que, más allá de las dificultades de constatación fáctica, al menos en un plano analítico todo parece confluir. Esta línea de investigación, siendo tan convincente, no obstante es relativamente novedosa, habiendo sido fundamentalmente sostenida por el investigador alemán Gerhard Josten117 quien, de algún modo, revolucionó el estudio del tema del origen del ajedrez, al aplicar un enfoque basado en el estudio de la estructura interna del juego y ya no en reparar en los aportes extrínsecos que puedan derivarse del ámbito de la historia, la literatura e, incluso, de la arqueología.

Yuri Averbaj, en parcial sintonía con la idea de confluencia de aportes, estima que ello se dio a través del petteia y el ashtāpada los que a su juicio dieron paso al chaturanga, implicando una evolución desde sendos juegos de carrera a un tercero, que es de estrategia, proceso en el que se habría producido la eliminación del uso de los dados118 y se pasó de la participación de cuatro contendientes a dos. Esta simbiosis, siempre bajo su perspectiva, pudo verse favorecida por un hecho cultural notable: el más rígido hinduismo había perdido, momentáneamente, predicamento en la sociedad india frente al más abierto budismo. En definitiva, si bien admite una herencia posible de culturas diversas, lo que no es habitual, el erudito e histórico gran ajedrecista ruso a su modo fortalece la teoría predominante, la indiana, sin valorar contribución alguna proveniente de China.

El estudioso Myron Samsin, 119 por su parte, avala esta posibilidad de que el ajedrez sea un juego híbrido de origen greco-indio, siendo conformado por dos presencias: la de los peones, que sería el aporte griego, y la de las piezas principales como legado indio. Esta simbiosis es ubicable a su entender en un tiempo apenas posterior respecto de cuando se verificó la excursión invasiva de Alejandro Magno hacia el Este.

Josten dota de mayor complejidad la cuestión al abandonar la bilateralidad y considerar la presencia de un tercer actor en la escena fundacional. En su mirada, no hay que dejar de resaltar el aporte formulado por la cultura china. En su muy original trabajo, que se basa en el discernimiento de la lógica interna del juego, identifica tres tipos de piezas: las que son objetivo esencial, ya que se desea su captura (caza), representados por el rey o general; otras que tienen largos movimientos en diversas direcciones, que son los trebejos principales; unas terceras que sólo avanzan, representadas por los peones.

117 La postura de este autor puede ser apreciada en Chess – A living fossil, Colonia, 2001, en http://history.chess.free.fr/papers/Josten%202001.pdf.

118 Se ha dicho también que esta eliminación de los dados se dio en la propia India cuando retoma el control cultural el hinduismo (que tenía una mirada más rígida a las apuestas asociadas a los dados), con el Imperio Gupta, que gobernó el subcontinente indio entre los siglos IV y VI de la era cristiana.

119 Fuente: Pawns And Pieces: Towards The Prehistory Of Chess, 2002, en http://history.chess.free.fr/papers/Samsin%202002.pdf.

A partir de esta distinción se deriva la posibilidad de que el ajedrez se haya nutrido de tres juegos diferentes. En su mirada, la pieza central deviene de los chinos, probablemente del wei-ki y, quizás más precisamente, del más ancestral liubo; las móviles tendría un origen mesopotámico, más concretamente devienen de un astrolabio120 de los sumerios; las restantes, típicas piezas de carrera (generalmente movilizadas al arrojarse los dados), provienen de la India, del pachisi/gyan chauper. 121

El primer proto-ajedrez, siempre para Josten, que es producto de esta confluencia civilizatoria, habría tenido un tablero circular (al estilo del ajedrez bizantino), el que luego sería reapropiado en otro de formato cuadriculado, también aportado por los indios, el ashtāpada. En ese tiempo tan inicial pudieron haber surgido, a la vez, un juego en India para cuatro participantes (con uso del dado), es decir el chaturanga; y el xiangqi en China, con sus especiales características (entre ellas el río que hereda del liubo). Así lo asegura también Petzold122 quien, además de adscribir a esta hipótesis de contribuciones colectivas, sostiene que dichas apariciones, las de los juegos indio y chino, se dieron en forma independiente y simultánea.

En definitiva, queda de este modo sustentada en sus alcances principales la teoría que explica el origen del ajedrez a partir de una acción propia del sincretismo cultural, ubicando el acontecimiento fundacional en algún lugar del Asia Central entre el año 50 antes de Cristo y el 200 de la era cristiana, por lo que se habría producido en plena vigencia y auge del Imperio Kushán.123

120 Por esta conexión astrológica, se cree que muchos juegos de tablero, entre ellos las antiguas versiones del ajedrez, fueron utilizados como oráculos.

121 Ya hemos visto que para Samsin las piezas de carrera, es decir los peones, son un aporte griego, específicamente del petteia. A su juicio el gyan chauper (chaupur), que devendría del Juego sagrado de Ur, es el que contribuye con las piezas principales. Pero hay un problema en esta consideración: el pachisi no sería un juego demasiado antiguo ya que se cree que es posible ubicarlo sólo desde el siglo IV de la era cristiana, con lo que el margen de que sea antecedente del juego nacido en la ruta de la seda, si bien existe, es demasiado estrecho. No es ese el caso del gyan chauper que, conforme algunas investigaciones, podría datar de tiempos prehistóricos.

122 Fuente: Das königliche Spie, edition Leipzig, 1987, p. 19, cita tomada del trabajo de Josten.

123 Siempre en el contexto de la ruta de la seda, se ha afirmado más específicamente que pudo haber sido el punto de encuentro de los juegos un oasis en la actual localización china de Kasgar (donde la gente Kushán estableció alguna vez un reino); así al menos lo especula Horst Remus. Fuente: The origin of chess and the Silk Road, en http://silkroadfoundation.org/newsletter/volumeonenumberone/origin.html.

Profundizando el punto de vista geográfico, para Cazaux: “No caben dudas acerca de que el ajedrez es….un juego asiático. Tres regiones pueden reclamar ser su cuna: el norte de India; Asia Central, de Irán a Turquestán, y la China oriental. Nadie puede objetar que hay una vinculación “genética” de todas las formas de ajedrez que proceden de esas áreas”.

A modo de conclusión podemos afirmar que la teoría que apunta a una confluencia cultural en lo que respecta a la invención del ajedrez, habiendo sido tan recientemente concebida, es altamente persuasiva. Sin embargo, se debería admitir que tiene una gran dificultad de comprobación, al menos desde un punto de vista fáctico. Ello por diversos motivos. Primero, por sus propias características: al tratarse de un proceso, y no de un hecho puntual, es más difícil “atraparlo”, y consecuentemente “explicarlo” en un momento dado del tiempo; lo propio respecto de su ubicación eventual en un específico lugar. Después, por la imposibilidad de recurrirse a fuentes literarias que pudieran haber recogido una construcción colectiva: sabido es que por lo general los relatos tienen un fuerte sesgo nacionalista; en ese contexto, desde ninguna literatura sería posible hallar reivindicaciones de un invento que no fuera de patrimonio propio y exclusivo.124

Sin embargo, podríamos confiar en la posibilidad de que se vayan registrando hallazgos arqueológicos, de piezas de ajedrez o tableros, que resulten concordantes con la teoría sincrética, en la medida en que coincidan en el espacio con los lugares de la ruta de la seda en los que debieron haber confluido los juegos, siempre que su datación retrospectiva se ubique en el lapso comprendido de la vigencia del Reino de Bactria o del Imperio Kushán.

Por lo que, y como simétricamente sucede en lo que respecta a las eventuales constataciones que pudieran surgir sustentando las otras hipótesis sobre el origen del ajedrez que resultan plausibles, no todo está dicho aún. Es que hay un ancho campo que nos queda aún por explorar. Con lo que la búsqueda histórica necesariamente continúa. Podríamos creer, entonces, que nos encontramos recorriendo una senda cuya meta, estando algo más cercana, todavía no puede ser divisada en toda su dimensión y claridad.

124 Existe una clásica excepción a este aserto: los persas quienes reconocieron la paternidad india del ajedrez. Pero ello en realidad ocurrió en el contexto de probar su primacía intelectual y en el entendimiento de que el nard era superior al juego ingresado desde la India.

Lo que sabemos, lo que suponemos y lo que ignoramos

A esta altura de las investigaciones sobre los orígenes del ajedrez hay cuestiones que sabemos, algunas que sólo suponemos y otras que aún ignoramos. Pasemos a listarlas a modo de recapitulación final:

Sabemos que el juego surgió en Oriente.

Sabemos que sólo hay tres teorías que tienen sustento respecto de la fuente primigenia del juego: la que ubica el origen en India; la que hace lo propio poniendo el foco en China, y la de sincretismo cultural.

Sabemos que un proto-ajedrez ingresó a Persia en el siglo VI después de Cristo desde una comarca de la India.

Suponemos que fue el chaturanga en su modalidad de dos jugadores el juego que se llevó a Bagdad, la capital del imperio persa.

Sabemos que las primeras menciones precisas a alguna clase de protoajedrez, provenientes de diversas fuentes literarias, comienzan recién a partir del siglo IV después de Cristo, correspondiendo las primeras al xiang-qi chino y las siguientes al chaturanga.

Sabemos que tanto el xiang-qi cuanto el chaturanga tuvieron sus respectivos procesos de transformación.

Sabemos que hay dos juegos previos correspondientes a esas culturas, que venían siendo registrados literariamente desde tiempos muy antiguos: el liubo chino y el ashtāpada indio, con la particularidad de que éste era preferentemente aludido en tanto tablero.

Suponemos que el xiang-qi, si fuera un derivado exclusivo de la cultura china, pudo haber sido concebido a partir del liubo

Suponemos que el chaturanga, si fuera un derivado exclusivo de la cultura india, pudo haber sido derivado del ashtāpada o del chaturaji.

Ignoramos la secuencia en que se dieron el chaturaji y el chaturanga (aunque la teoría predominante es que éste fue anterior), o incluso si aquél es una mera posición del otro juego.

Sabemos que una versión del xiang-qi llegó hasta nuestros días (se lo juega actualmente en China y, al menos, también en Vietnam) mientras 70 que el chaturanga desapareció como práctica en algún momento lejano del tiempo.

Ignoramos con precisión bajo qué circunstancias en el chaturanga se abandonó el uso del dado.

Ignoramos si el proceso de evolución del chaturanga se dio desde la versión de cuatro jugadores a la de dos o si, en cambio, se dio la secuencia inversa.

Suponemos que en la ruta de la seda se generó una síntesis de varios juegos de existencia previa, apareciendo un nuevo prototipo que derivó ulteriormente en el ajedrez.

Ignoramos si, al cabo de ese proceso, surgió sólo un juego o, si por el contrario, pudieron haber aparecido en forma simultánea tanto el chaturanga cuanto el xiang-qi.

Suponemos que los juegos que participaron de esa acción de sincretismo cultural fueron el liubo, el ashtāpada y el petteia griego y, eventualmente, bajo la influencia de un viejo astrolabio de origen babilonio.

Suponemos que esa simbiosis se dio en un lapso de tiempo que puede ubicarse desde el siglo II antes de Cristo al siglo III después de Cristo.

Suponemos que ello se verificó en el espacio geográfico de una vasta región que ocuparon sucesivamente el Reino de Bactria y el Imperio Kushán.

Sabemos que los hallazgos arqueológicos más antiguos de piezas de algún proto-ajedrez, que se correlacionan perfectamente con las zonas geográficas vinculadas a la ruta de la seda, están datados aproximadamente en el siglo VI después de Cristo.

Suponemos que en el futuro podrán registrarse otros descubrimientos arqueológicos importantes que, conforme su ubicación espacial, características y antigüedad, habrá de fortalecer el campo de conocimiento que existe en esta materia.

Sabemos que es necesario profundizar los análisis en lo que respecta a la teoría de juegos, estableciéndose mayores precisiones y relaciones causales entre los diversos proto-ajedrez y prácticas vinculadas, a saber: 71 ashtāpada; chaturanga; chaturaji; liubo; xiang-qi; petteia, y otros que resulten relacionables.

Sabemos que hay mucho que investigar aún sobre el origen del ajedrez.

Suponemos que algún día hallaremos una respuesta que, sin llegar a ser una certeza absoluta, al menos permita arribar a un consenso muy mayoritario estableciendo un paradigma explicativo uniforme sobre el origen del ajedrez.

Epílogo

Sea que hubiera sido un producto civilizatorio cooperativo, y así lo preferiríamos para evidenciar una Humanidad que sólo por momentos se presenta virtuosa (aunque se sabe que suele decantar a favor de las querellas, muchas veces sangrientas, entre pueblos que parecen olvidarse que provienen todos de un tronco común), sea que hubiera sido una invención/creación/descubrimiento de una cultura en particular, hay una sola cosa que es enteramente segura: como bien lo indicara Borges, el ajedrez proviene de Oriente.

En ese sentido, en el curso de este trabajo hemos presentado las distintas versiones protohistóricas del juego que pueden ser ubicadas en ese espacio geográfico (en India, China, Persia y otros puntos menos determinados correspondientes a la ruta de la seda), con registros físicos o literarios que remiten a unos pocos siglos antes y después de la llegada de Cristo.

De muchos episodios puntuales, se tienen registros bastante exactos, como de cuando se dio el ingreso a Bagdad de una de las versiones del juego que procedía de la India, lo que aconteció exactamente en el siglo VI d. C. Desde ese momento hacia adelante, todo está bastante claro, en cuanto a la difusión y generalización del ajedrez; desde ese momento hacia atrás, en cambio, todo cae en una bruma que por momentos se presenta espesa.

En este contexto de incertidumbre retrospectiva es que aparecen tesis encontradas sobre el origen del ajedrez, algunas de las cuales cuentan con apoyatura empírica mientras que otras sólo pueden ser reconocidas en tanto mitos o leyendas. Todas ellas, con las omisiones inevitables producto de un campo analítico que al ser tan vasto por momentos es 72 muy difícil de aprehender en su integralidad, trataron de ser recopiladas en el presente trabajo.

Al cabo de todo, en el centro del escenario quedan únicamente tres posibilidades que ostentan un alto grado de veracidad y de verosimilitud: dos de ellas corresponden a una singularidad cultural, que el chaturanga indio o que el xiang-qi chino sean alternativamente los juegos pioneros; una tercera, en cambio, reconoce la existencia de un esfuerzo civilizatorio sincrético dado que postula una confluencia de prácticas de existencia previa que proceden de diversas civilizaciones.

Más allá de la vigencia de este trío de hipótesis, que suelen ser vistas como independientes, creemos que se puede hacer un esfuerzo para integrar las perspectivas.

Es que todas ellas presentan aspectos que pueden ser relacionados, en su complementariedad, dejando de lado o, tal vez, reinterpretando en todo caso las divergencias que puedan observarse. El hecho de haber surgido los distintos proto-ajedrez en un espacio geográfico que siendo amplio estaba debidamente interconectado, y que ello haya acontecido en sincronía temporal, dan fuertes pistas sobre un hecho que creemos incontrovertible: estamos en presencia de una única familia de juegos, con procesos de evolución interconectados, los que aún deben ser discernidos en toda su dimensión e intensidad.

Extremando el análisis, podrían rastrearse no sólo la interrelación de los diversos proto-ajedrez sino, también, sus respectivos orígenes en pasatiempos aún más antiguos. Hasta podríamos remontarnos al senet egipcio para, reconstruyendo la secuencia de allí en más, arribar al ajedrez tal como fue redefinido en la Europa medieval. Bajo estas condiciones, podría trabajarse ya no desde perspectivas unívocas fragmentadas, sino planteando una teoría holística, integrando las evidencias de cada hipótesis singular, de forma tal de construir un edificio explicativo que sea único y común.

En ese orden, en vez de adjudicarle preeminencia al chaturanga o al xiang-qi como prototipo inicial, podría creerse que en la ruta de la seda apareció al menos un juego del que se derivaron aquellos, sea en forma concomitante o secuencial. Por lo que, en ese supuesto, el primero no 73 derivaría del ashtāpada y el otro del liubo sino que, estos mismos juegos previos, junto probablemente al petteia griego, y tal vez con el aporte de un antiguo astrolabio babilónico, hicieron que apareciera un protoajedrez que es producto del sincretismo cultural, ese que, de ahí en más, se expandiría por vías diversas, a oriente y poniente.

Con lo que hay líneas exploratorias muy interesantes aún por desarrollar. Al respecto, si bien la posibilidad de que aparezcan testimonios de manuscritos antiguos sobre la temática es cada vez más remota (aunque no del todo imposible), en cambio se podría confiar en que se registren nuevos hallazgos arqueológicos que aporten elementos interesantes, particularmente en cuanto a la datación de los vestigios de juegos y, con ello, la posibilidad de establecerse mejores grados de interrelación y eventualmente de precedencia entre las distintas prácticas. También es posible, y por cierto necesario, seguir profundizando en los análisis estructurales, basados en las características intrínsecas y en la etiología de los diversos juegos, para determinar con mayor precisión la correlación de los mismos apelando a las variables histórica, geográfica y cultural. Esta cuestión resulta central para diseñar el árbol evolutivo común comentado. En todo caso, se requiere ahondar en el perfil de las prácticas que habrían servido de insumos del proto-ajedrez: petteia, liubo, ashtāpada, con lo que se podrá evaluar con mayor certeza, a partir del estudio de sus particularidades, el grado de correspondencia que pudieron haber tenido con las modalidades ulteriores: el xiang-qi y el chaturanga. En definitiva, ¿dónde se originó el ajedrez y bajo qué circunstancias? Podríamos acudir al sencillo sonsonete de reproducir los relatos legendarios, como los tan conocidos que se lo atribuyen al sabio Sissa o a la reina de Lanka; o remitirnos al episodio de la batalla en que otra soberana perdió a uno de sus hijos en enfrentamiento con su hermano.

Podríamos hacer apelaciones a la divinidad, al plano esotérico o a la literatura de ficción.

Podríamos, sin analizarse el todo, sino observando sólo las partes, adjudicarles la paternidad a indios, chinos o a quien fuere. 74 Podríamos decir, para no equivocarnos, aunque cayendo en una evidente imprecisión, que sólo se la podemos admitir al poeta, que el ajedrez apareció en un momento lejano del tiempo en algún lugar de Oriente. Lo dicho al comienzo.

La inquieta Humanidad, todo lo quiere saber. No nos conformaremos nunca con explicaciones sencillas e insuficientes; y menos inexactas. Una teoría holística sobre el origen del ajedrez, puede quizás ayudarnos a explicar los pasos que se dieron para el surgimiento del más influyente y metafórico juego que supo vez alguna concebirse.

En cualquier caso, creemos estar más cerca de descubrir la clave de bóveda que nos permitirá determinar el momento iniciático en que apareció el juego.

Y, a partir de ello, determinar con mucha mayor certeza cómo se dio toda la secuencia de difusión posterior.

Por el momento, tal vez sea mejor que aún no lo sepamos todo. Es que, de esa forma, existe un poderoso incentivo para profundizar la investigación. Es que, de esa forma, se sigue alimentando un misterio sugerente y primordial: el del momento en que apareció en la Tierra el mágico y milenario ajedrez.

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