Ajedrez con Maestros

Historia

Tolstoi y el ajedrez

Tolstoi vs Samarin
Frase de Tolstoi sobre el ajedrez
Frase de Tolstoi sobre el ajedrez

Lev Nikolaevich Tolstoi (1828-1910) fue durante toda su vida un apasionado al ajedrez y utilizó al juego como referencia dentro de sus principales obras. El autor de La guerra y la paz y Anna Karenina sostenía que “el ajedrez es un entretenimiento magnífico, cuando jugamos nos distraemos y nos olvidamos de nuestros pesares.”

Su acercamiento al noble juego se produjo en la Facultad de Filosofía de Kazan, cuando tenía 17 años. El tablero fue campo fértil para que aquel joven pudiera desarrollar su frondosa imaginación. Los 30 años lo encuentran como capitán de artillería al mando de una unidad de cosacos destacada en el frente oriental; en su bolsa, mezclado con la reserva de cartuchos, siempre había un pequeño tablero de viaje que servía para retar a “duelo ajedrecístico” a otros integrantes de la oficialidad.

Son muchas las menciones sobre los visitantes a su residencia de Yásnaya Polyana con quienes no desaprovechaba la ocasión para disputar alguna partida: Elmer Mood, biógrafo y traductor de sus obras al inglés, los literatos Sergueienko y Jirianov, el compositor Sergei Ivanovich Taneyev, Aleksandr Borisovich Goldenveizer, profesor del Conservatorio de Moscú, el aviador Konstantin Tsiolkovsky y el príncipe Sergei Semenovich Urusov, uno de los principales jugadores rusos del siglo XIX.

La relación entre Tolstoi y Urusov quedó asentada en el diario de Sofía Andreiévna, esposa del escritor, quien el 24 de septiembre de 1876 anotó: “León y Urusov pasaron la tarde jugando ajedrez… ”. El maestro regaló al hijo mayor del escritor su biblioteca ajedrecística y en una carta escrita en el mismo 1876 Tolstoi agradece a su amigo desde Yásnaya Polyana: “Seriszha está encantado con sus libros y los estudia.”

El gran escritor León Tolstoi y su pasión por el ajedrez
El gran escritor León Tolstoi y su pasión por el ajedrez

El ajedrez una tradición milenaria en Rusia

El ajedrez se juega en Rusia desde hace casi mil años. Durante el siglo XVIII tanto Pedro I como Catalina la Grande fueron fuertes aficionados al juego, pero recién en la primera mitad del siglo XIX con la aparición de Alexander Dmitrievich Petroff (1794 – 1867) y, en menor medida, de Carl Friedrich Andreyevich Jaenisch (1813 – 1872) el juego tomó impulso. Estos dos grandes teóricos fueron los autores de los primeros manuales escritos en Rusia, combatiendo incluso algunos de las ideas postuladas por Philidor, sentando las bases que luego seguirían los hermanos Sergei y Dmitri Semenovich Urusov, Ilya K. Shumov, Emanuel S. Schiffers, Semyon Zinovievich Alapin y, fundamentalmente, Mikhail Ivanovich Chigorin (1850-1908).

“En el ajedrez”, decía Tolstoi, “tiene mucha importancia recordar que toda su esencia no reside en agresivas combinaciones, ni en jugadas inesperadas y arriesgadas, sino en el sereno cálculo para que toda su gama de figuras, lentamente y sin sobresaltos, avance por todo el tablero.”

El ajedrez era en la Rusia del siglo XIX, como en toda Europa, un juego de sociedad. Por eso no extraña las referencias que en tal sentido aparecen en la obra de Tolstoi. En el capítulo VIII del séptimo libro de Anna Karenina, mientras Levin y el Príncipe caminan por los salones, hay una partida de ajedrez disputándose, lo mismo que en La guerra y la paz, donde Berg y Boris disputan una partida mientras esperan a Rostov (Libro III, cap. VII). Otros ejemplos son cuando Vera juega con Shinshin (Libro IV, cap. XV) y Natasha y Sonia están sentadas frente a una pequeña mesa de ajedrez (Libro VI, cap. XXIV).

En el libro III de Anna Karenina hace su aparición Sergei Ivanovich Koznishev, el hermano de Levin. Entre las consideraciones que hace en el capítulo I, se destaca:

“Cuanto más conocía a su hermano, más notaba que Sergei Ivanovich, como tanta otra gente que trabaja por el bienestar público, no era guiado por un impulso caritativo sino por una consideración intelectual de que era una cosa correcta interesarse en los asuntos públicos y consecuentemente lo hacía. Levin confirmó esta conjetura al observar que su hermano no tomaba los asuntos referidos a la cuestión pública o a la inmortalidad del alma con mayor dedicación que la que mostraba resolviendo problemas de ajedrez o la construcción ingeniosa de una nueva máquina.”

Posteriormente, en el capítulo VI, mientras los dos hermanos cenan, Serguei comenta:

“Bien, entonces estás satisfecho con tu día. Yo también. Primero, resolví dos problemas de ajedrez, uno de ellos muy bonito, un descubierto de peón. Te lo mostraré. Y luego, medité acerca de nuestra conversación de ayer.”

Pero si bien todas estas referencias describen las costumbres de la aristocracia rusa, es en el libro X de “La guerra y la paz” donde aparece el ajedrez como metáfora de la guerra. Al comienzo del capítulo VII, mientras discute si Napoleón llegó a las puertas de Moscú contra su voluntad, o por la astucia de los comandantes rusos, Tolstoi afirma:

“¡Un buen ajedrecista que ha perdido una partida sabe que su derrota fue producto de un error que cometió y busca ese error en la apertura, pero olvida que en cada etapa del juego hubo errores similares y que ninguno de sus movimientos fueron perfectos. Sólo nota el error al cual le presta atención, porque su rival lo aprovechó. ¡Cuánto más complejo que éste es el juego de la guerra, que ocurre bajo ciertos límites del tiempo , y donde uno no manipula objetos inanimados, sino que todo resulta de innumerables conflictos de varias voluntades!”

Más adelante, en el capítulo XXV, el Príncipe Andrés y Pedro discuten sobre lo que es un buen comandante:

“Dicen que es un comandante hábil,” respondió Pedro. 
” No entiendo lo que significa un comandante hábil,” contestó el Príncipe Andrés irónicamente. 
“¿ Un comandante hábil?” replicó Pedro. “Uno quién prevé todas las contingencias … y las intenciones del adversario.” 
” Pero eso es imposible,” dijo el Príncipe Andrés como si esto fuera una materia establecida desde tiempos lejanos. 
Pedro lo miró sorprendido. “¿Y también dicen que la guerra se parece a una partida de ajedrez?” comentó. 
” Sí,” contestó el Príncipe Andrés, “pero con esta pequeña diferencia, que en el ajedrez se puede meditar cada movimiento todo lo que uno quiera y no se está limitado por el tiempo, y con otra diferencia más, que un caballo es siempre más fuerte que un peón, y dos peones son siempre más fuertes que uno, mientras que en la guerra un batallón es a veces más fuerte que una división y a veces más débil que una compañía. La fuerza relativa de las tropas nunca puede ser conocida por nadie. Créame,” continuó, “si las cosas dependieran de los preparativos hechos por la cúpula, yo debería estar allí, pero en cambio tengo el honor de servir aquí en el regimiento con estos caballeros, y considero que la batalla de mañana dependerá de nosotros y no de ellos…. El éxito nunca depende, y nunca dependerá, de la posición, o del equipamiento, o hasta de los números, pero sobre todo nunca de la posición.” 
“¿ Pero de qué depende entonces?”

“Del sentimiento que está en mí y en él,” señaló a Timokhin, “y en cada soldado.” El príncipe Andrés echó un vistazo a Timokhin, quién vio a su comandante alarmado y aturdido. En contraste con su antiguo Príncipe Andrés, taciturno y reticente, ahora parecía excitado. No podía abstenerse por lo visto de expresar los pensamientos que se le habían ocurrido de repente. “¡Una batalla es ganada por aquellos que firmemente resuelven ganarla! ¿Por qué perdimos la batalla de Austerlitz? Las pérdidas francesas eran casi iguales a las nuestras, pero nos dijimos demasiado pronto que perderíamos la batalla, y la perdimos realmente. Y lo dijimos porque no teníamos nada por lo que luchar allí, quisimos escaparnos del campo de batalla tan pronto como pudiéramos. ‘Hemos perdido, déjennos escapar,’ y escapamos. Si no hubiéramos dicho eso esa tarde, el cielo sabe lo que podría haber pasado. ¡Pero mañana no lo diremos! Usted me habla de nuestra posición, del flanco izquierdo débil y del flanco derecho demasiado extendido,” continuó él. “Eso son todas tonterías. ¿Qué nos espera mañana? Las cien millones de posibilidades más diversas que serán decididas en el instante por el hecho que nuestros hombres o los suyos escapen o no escapen, y que este hombre o aquel sean matados, pero todo lo que está haciendo actualmente es sólo un juego. El hecho es que aquellos hombres con quien usted ha recorrido a caballo las posiciones no sólo no ayudan al asunto, sino que lo dificultan. Sólo están preocupados por sus pequeños propios intereses. “
“¿ En tal momento?” dijo Pedro con reproche. 
“¡ En tal momento!” Repitió el Príncipe Andrés. “Para ellos esto es sólo un momento que les ofrece la oportunidad de debilitar a un rival y obtener una condecoración más.”

Las dos últimas referencias al juego, Tolstoi las pone en boca de Napoleón. En el capítulo XXI:

“Al retornar de una segunda inspección de las líneas, Napoleón comentó: “¡Las piezas están colocadas, el juego comenzará mañana!”

Y en el XXXIV:

“¡Refuerzos!” pensó Napoleón. “¿Cómo pueden necesitar refuerzos cuando tienen la mitad del ejército atacando directamente un ala rusa débil y no atrincherada?” “Decidle al Rey de Nápoles,” dijo severo “que todavía no es el mediodía, y no veo claramente mi tablero de ajedrez aún. ¡Idos!”

Hay que recordar que Tolstoi vivió en una época en el que el romanticismo influía todas las artes, y el ajedrez no fue ajeno a ese influjo. “No hay que afanarse por ganar, sino por hacer una combinación interesante”, comentó el gran literato, pero esta es una frase que pudo haber sido pronunciada por cualquier hombre del siglo XIX. No se hacían consideraciones posicionales o estratégicas y la victoria se decidía, como lo destaca el Príncipe Andrés, en el fragor de la batalla. Pero si los dichos de Tolstoi están alejados en esto del ajedrez actual, el párrafo que se refiere a los motivos de la derrota en Austerlitz siguen teniendo “vigencia deportiva”: las ansias de triunfo y el convencimiento del “se puede ganar” son factores indispensables para luchar por la victoria, aunque se esté enfrentando a un rival potencialmente superior.

La Guerra y la Paz fue escrita en fascículos entre 1863 y 1869, y tuvo un éxito inmediato. El hecho de que Tolstoi introdujera estas discusiones casi técnicas, nos muestra la gran cultura ajedrecística presente en los lectores de esa época y sociedad, la cual fue, sin duda, uno de los cimientos de la hegemonía que el ajedrez ruso alcanzaría ochenta años más tarde.

 Se conservan un par de partidas jugadas frente a Mood en Yásnaya Polyana y una por correspondencia frente al fuerte jugador Sergei Fedorovich Lebedev (quien tuvo triunfos ante jugadores de la talla de Chigorin, von Bardeleben, Dus Chotimirsky y Rotlewi, entre otros) en la que Tolstoi vence luego de una tenaz defensa.
Se conservan un par de partidas jugadas frente a Mood en Yásnaya Polyana y una por correspondencia frente al fuerte jugador Sergei Fedorovich Lebedev (quien tuvo triunfos ante jugadores de la talla de Chigorin, von Bardeleben, Dus Chotimirsky y Rotlewi, entre otros) en la que Tolstoi vence luego de una tenaz defensa.


Fernando Pedró nació en Buenos Aires, Argentina, en 1961. Es Maestro FIDE, periodista y, desde abril de 2003 coedita Metajedrez en Internet (www.metajedrez.com.ar), un sitio dedicado a recoger las distintas inserciones del ajedrez en los diversos ámbitos culturales. Actualmente dirige la Colección Aula Ajedrecística del sello Alvarez Castillo Editor y, junto a Héctor Alvarez Castillo, también edita los sitios Asterion XXI (www.asterionxxi.com.ar) y El barco ebrio (www.barcoebrio.com.ar). Su correo electrónico es metajedrez@yahoo.com.ar

1 El uso del reloj de ajedrez para controlar el tiempo se comenzó a implementar en el match Anderssen-Kolisch de 1861 y en el torneo de Londres de 1862. Es natural que Tolstoi, que escribió “La Guerra y la Paz”, entre 1863 y 1869, no tuviera noticias de ello.
2 Ver nota anterior

Fuentes consultadas:
León Tolstoi (“La Guerra y la Paz” y “Anna Karenina”)
Victor Liublinski (“León Tolstoi: Insigne cultor del ajedrez”)
William R. Hartson, (artículo en “Enciclopedia del ajedrez”, dirigida por Harry Golombek)
Pierre Albert (“A vous les blancs, capitaine Tolstoï !”)

M.I Fernando Alberto Braga

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